Madagascar, el último arca de Noé
El primer lémur apareció de noche, sobre una viga de la habitación. Fuera ronroneaban las olas del Índico, siempre más frío de lo que uno espera, no sabemos por qué. Un par de ojos gigantes, dos orejas de soplillo… ¡Un lémur enano! El más pequeño de las 70 especies de esos primates gatunos, sociables y curiosos que llegaron aquí en balsas de hierba y que certifican, por si cupiera alguna duda, que esta isla –la Roja, como la llamó Marco Polo- lleva a la deriva la friolera de 80 millones de años.
Los hay de cola anillada, de collar blanco y negro, coronados…Repartidos a lo largo y ancho de un país que conserva ecosistemas radicalmente opuestos entre sí: del cálido, sonrosado y relajado Ifaty, al sur, con sus playas de conchas y sus mariscadoras a remojo, a las montañas rojas y desnudas de la meseta central, cuajadas de casas estrechas y altas, donde las familias se cobijan bajo gruesas mantas floreadas.
A medio camino, los riscos de arenisca de Isalo, la adaptación malgache del Gran Cañón del Colorado, salpicado de plantas únicas en el mundo, o las espesas, verdes y siempre lluviosas colinas de Ranomafana, hogar del legendario lémur dorado de
bambú y del lémur manso de nariz chata, redescubierto para la ciencia en 1972 y donde uno teme que, de pronto, empiece a crecerle musgo entre los dedos de los pies.
587.040 kilómetros cuadrados, 18 tribus, una historia de aislamiento, de navegantes, de influencias culturales de medio mundo y una naturaleza que, al igual que la de Nueva Zelanda, no conoció los efectos negativos de la civilización hasta hace relativamente poco.
Madagascar, road movie
La mejor manera de empaparse de Madagascar es por carretera. La RN7 o Ruta del sur, por ejemplo, es un escaparate de pueblos coloridos, pastores sonrientes, llanuras de tierra batida y cielos lavados; de buscadores de diamantes y plantaciones de arroz, el alimento básico que vertebra toda las comidas malgaches, incluido el desayuno. Lo trajeron los navegante indomalayos (Madagascar, dicen, puede significa ‘las montañas de los malayos’), hace miles de años, junto con la tradición de las hecatombes, esos sacrificios rituales de cientos de reses, con cuyas osamentas, todavía hoy, se decoran las tumbas, sobre todo las del clan de los maafali.
Todos los que han pasado por este cofre natural han ido dejando parte de su legado. La herencia africana se traduce en otro de los símbolos nacionales: el cebú, fuente de carne y leche, y medida del valor para los bara, igual que para los maasai.
Los árabes, pioneros en cartografiar la isla, a la que bautizaron como Gezirat Al- Komor o Isla de la Luna, dejaron parte de la cosmología que hoy alimenta la fivahana, o cultura nacional, y el fady, un conjunto de tabúes sociales que obligan, por ejemplo, a llevar los sombreros ladeados para no atraer la mala suerte.
El cristianismo y las baguettes
Los británicos dejaron los primeros misioneros cristianos, y los franceses, la baguette, el idioma y muchos años de tensas relaciones intercontinentales que terminaron con la proclamación oficial de independencia, el 26 de junio de 1.960.
Por eso, un bon soir o un ça va pueden conquistar a un malgache más que un hello. Aunque en muchos lugares aislados, los niños sólo entienden malgache: salama, hola; misaotra, gracias. En los pueblos que serpentean por la costa, alrededor de Toliara, se arremolinan, curiosos, un poco pedigüeños, con sus grandes sonrisas y sus ojos como platos, arropados por el Trópico de Capricornio, descendientes, dicen las leyendas, de un guerrero bantú y una sirena.
En Antananarivo, Tanana, a más de 2.000 metros de altura, con sus palacios góticos y su tráfico anárquico se concentra la energía habitual en cualquier capital. Fácil comprender por qué los europeos de principios del XIX decidieron pasar sus vacaciones en Antsirabe, donde el tiempo se detuvo en el mismo momento en el que unos religiosos noruegos construyeron el balneario que todavía hoy alimenta sus amplios bulevares y sus chalecitos art decó.
El hombre y la isla
El factor humano de Madagascar es el más desconocido de la isla, parcialmente ensombrecido por una naturaleza que trata de seguir igual que hace millones de años. Dicen que los primeros europeos que desembarcaron en Madagascar en el S. XVI, Diego Días y sus muchachos lusos, todavía llegaron a ver pájaros elefantes, de hasta 3 metros de altura. Hoy, a falta de gigantes con plumas, queda la mayor concentración de camaleones, con su mirada desorbitada y sus andares etílicos, de la tierra; más pájaros endémicos que en otro lugar del planeta y 6.000 especies vegetales, algunas realmente interesantes, como la pervinca, para el tratamiento de la leucemia.
Con ese frágil equilibrio y toda la disposición imaginable (desde los años 80 intentan desarrollar una clara conciencia ecologista y evitar, sobre todo, la deforestación) Madagascar quiere seguir navegando como una última arca de Noé, para conservar sus tesoros, a veces demasiado discretos para el tremendo valor que en realidad tienen.
Porque viendo el diminuto tamaño de un lémur enano o la aparente fortaleza de un baobab gordito y crujiente, nadie pensaría que son especies imposibles de ver en ningún otro lugar del mundo (se dice pronto) y que representan un proceso de adaptación más largo de lo que podamos si quiera dimensionar.
CUADERNO DE BITÁCORA – MADAGASCAR
Con quién organizarlo: Kuoni , auténticos especialistas en un destino poco habitual para el mercado español.
Con quién llegar: Air Mauritius
Dónde dormir: dos lugares imprescindibles en cualquier ruta por el Suroeste del país son: La Paradisier Hotel y Jardin du Roy.
Imprescindibles:
En Antananarivo, ‘el lugar de los mil guerreros’: el mercado de Analakel, el Lago Anos y su Monumento a los caídos de la Segunda Guerra Mundial, el Palacio Rova y el Museo Andafivaratra, guiños arquitectónicos al pasado monárquico del país, república independiente desde el 26 de junio de 1960.
Ambositra, conocida como la capital de la artesanía malgache. Los mejores recuerdos son las tallas en madera de, por ejemplo, camaleones o cebús. Los artesanos que la trabajan se llaman afimari.
Fianarantsoa es la segunda ciudad más importante del país. A su alrededor se concentra la zona vitivinícola de Madagascar. Su casco antiguo es pequeño pero muy interesante.
Toliara, la ciudad blanca, parece un cuento tropical. Dicen que tiene el bulevar más largo del país.
Combinaciones: con Isla Mauricio
Curiosidades:
* Madagascar es la cuarta isla más grande del mundo, por detrás de Groenlandia, Papúa Nueva Guinea y Borneo
* Es el país con mayor proporción de aves endémicas del mundo: de las 209 especies conocidas, el 51% no se encuentra en ningún otro lugar
* El nombre árabe de Gezirat Al- Komor ha quedado para denominar las vecinas Islas Comores.
En clave de libro: hay poca literatura en español pero de la que hemos podido consultar, nos quedamos con Rescate en Madagascar, del naturalista británico Gerald Durrell.
Más información sobre Madagascar pinchando aquí














