Costa da Morte, historias atlánticas de Galicia

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El Camino de Santiago no acaba en Compostela sino en la Costa da Morte.

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Que Santiago llegara en barca hasta Galicia fue un auténtico milagro, y no porque fuera de piedra si no por la bravura de la aguas que sacuden su litoral que, sobre todo en la Costa da Morte, se asemeja a un mascarón de proa, cubierto de sal y líquenes pero con la altanería necesaria para surcar un mar, durante mucho tiempo desconocido, sobre el que aún revolotean las leyendas, algunos monstruos y un rastro de vida recia que da a sus olas un carácter diferente. Sus vecinos viven y trabajan al ritmo de las mareas, con los calendarios marcados por los barcos hundidos y sus casas emulando navíos dieciochescos.

Mujeres de Camariñas al Cabo Vilán

Dolores, Lita y Yaqui hunden sus rastrillos en la arena húmeda y doblan los riñones como si no hubiera un mañana. Son mariscadoras de Camariñas, hijas, nietas, madres del mar. En el siglo XXI, sus artes han cambiado bien poco de las que heredaron sus madres, sus abuelas y sus bisabuelas. Porque no queda otra y porque, en realidad, a estas alturas, ellas saben que no hay mejor manera de hacer sostenible un modo de vida que es también una comunión con la naturaleza más poderosa, la que sacude a sus barcos y a sus marineros, la que bate los miradores encalados de sus casas –esos que surgieron al modo de las galerías de popa de los barcos del XVIII y se quedaron como aislantes de la humedad y el frío- y sus pies, sumergidos en unas botas recias y pesadas que, si se llenan de agua, pueden jugarles una mala pasada.

Hacen fácil lo que resulta casi imposible: arañar pulpos, camarones y nécoras a un Atlántico que llega caracoleando y echando espumarajos, rebelándose contra faros y espigones, barriadas, fondeaderos y buques. Sólo le gana en altura, y no siempre, Cristina Fernández Pasantes, la farera de Vilán que, como una gaviota rubia, otea el horizonte atlántico desde el primer faro con luz eléctrica de España, construido después de que la tragedia del Serpent -3 supervivientes de una tripulación de 175 hombres- constatara, en 1890, que en este cruce de corrientes, mareas, vientos, tempestades y rocas, no se veía ni torta. 25 metros de torre sobre un peñasco de 10, sobrepasados, hace cerca de un año, por una freak wave de 27,81.

Lo que traen las olas

Marejadas que quitan el hipo pero que también traen mandarinas. Y juguetes. O carbón. Y cemento que cuaja en el fondo del mar y cambia el paisaje para siempre, como el del Olympe. Depende de la carga de los barcos naufragados, “más de 100 en este tramo de costa, con un perímetro de apenas 25 kilómetros”, explica Bernardino Martínez Castiñeira, guía especializado. Acontecimientos que marcan para siempre la historia común de los vecinos que los protagonizan o los presencian. “El hundimiento de los barcos locales segó muchas familias, dejándolas prácticamente sin sustento económico”, dice Bernardino; pero también ha tejido historias de arrojo y valor, reconocidas, añade, “con medallas del almirantazgo inglés que todavía se pueden ver en algunas casas.”

El encaje de Camariñas es también un símbolo de agradecimiento, porque dicen que fue la mujer de un capitán superviviente quien, para dar algo a cambio de la hospitalidad recibida, enseñó a las mujeres de la zona a dibujar estas geometrías de hilos con banda sonora, ese clac-clac-clac que servía para establecer noviazgos, un hito en la artesanía española. Hoy las palilladas siguen vivas, adaptadas a los nuevos tiempos, respaldadas por la chavalería y el Museo del encaje de Camariñas, con más de 800 piezas catalogadas.

Las mariscadoras de la Costa da Morte organizan visitas guiadas para que se conozca mejor su labor

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La Costa da Morte es el lugar perfecto para sentir la fuerza del mar

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Crecer con las mareas

Porque cuando se vive al ritmo de las mareas, no queda otra que renovarse constantemente. Lo saben bien en A Coruña, donde los brigantinos ya eran pescadores antes de que Julio César construyera su puerto; o en Ferrol, capital gallega del Modernismo, con uno de los puertos “más seguros del mundo” que decía allá por el siglo XVI el traductor y humanista Juan de Molina. Aquí han construido y botado naves de todo tipo y saben que lo mejor y lo peor –desde manufacturas y comercio hasta piratas y marinos pendencieros- puede llegar de ola en ola. Si no, que se lo digan a la brava María Pita…

“Lo más difícil”, dice Antonio Muiños, uno de los gerentes de la empresa de algas y productos del mar Portomuiños, “es aprender a convivir con el mar y saber crecer al ritmo que marca la Naturaleza, con respeto y sostenibilidad”. Ellos llevan haciéndolo desde 1998, luchando para que la riqueza de casa revierte en sus habitantes, por quienes pasa, sentencia Castiñeira, el futuro de A Costa Da Morte: “Por los presentes pero también por los ausentes, que la emigración sigue siendo la mayor profesión de esta comarca.”

Corazón de caracola

Hasta hace poco, todos, los que se quedaban y los que se marchaban, marcaban en el calendario los acontecimientos cotidianos a golpe de naufragio. Se decía, explica Bernardino, “yo soy de la quinta del Boris, mi hija ha nacido con las naranjas de Banora o mi madre murió con el Natalia. Porque el mar “forma parte de nosotros”, concluye Muiños. Y, además, sentencia una geografía tatuada por nombres extranjeros, leyendas y brusquedades naturales que son sin duda, motivos suficientes para redescubrir la potencia de un recurso de valor incalculable que, cuando se te mete dentro, no deja de atronar, como si regresaras a casa con una caracola gigante, ni tan siquiera la vieira peregrina, en lugar de corazón.