Viajar a Marruecos, turismo a vuelapluma

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Un viaje a Marrakech es la oportunidad perfecta para hacer turismo en Marruecos.

La mejor época para viajar a Marruecos es desde marzo hasta mayo.

Huele a comino. A naranjas y a frío. La medina de Marrakech se estira y cruje, como cuero viejo. La llamada del muecín rebota entre las azoteas y una bandada de palomas rechonchas levanta el vuelo. En el riad se escuchan los primeros pasos. Arranca el road trip que puede servirte de inspiración para tus excursiones desde Marrakech, una buena oportunidad para hacer turismo en Marruecos a vuelapluma.

A las cuatro y media de la tarde, la carretera que serpentea por el Valle de las Rosas es un aleteo constante de mariposas y golondrinas, de capuchas puntiagudas y túnicas rayadas: gadoras y chilabas. Hiyabs azules, rojas, malvas, verdes, todos intensos, pero también de picos oscuros como ala de cuervo. Como si no hubiera punto intermedio. Como si el reparto de la luz y la oscuridad se hubiera hecho sin transición entre unas mujeres y otras. Todas con las caras tostadas, cruzadas por el aire frío que baja dando tumbos desde las cimas del Atlas. Muchos niños. Muchas bicicletas que se ponen en marcha, con una cadencia impertérrita de pies semi descalzos y piernas afiladas.

El coche pasa zumbando, pitando, esquivando, saludando…

La barbaridad de los hombres libres

El trajinar de los arcenes marca el fin la de oración en territorio bereber, el de los hombres libres (que no azules) del desierto, los barbarus que ponían los pelos como escarpias a los romanos. Aquí nació Moulay Ali Cherif, fundador de la dinastía Alauí. Aquí  se adivinan ya las dunas de Chebbi, ese cinturón de arena que las caravanas de esclavos, oro y sal estrecharon entre la legendaria Tombuctú y Zagora, o Merzouga, o Mequinez, o, a partir del 1.700, Marrakech, la Ciudad Roja, en la que siempre hay tanto que ver y tanto que hacer. Todavía quedan nómadas, con sus camellos y sus jaimas negras; con los cacharros a cuestas y la cita semanal en el mercado más próximo. Igual que todavía quedan bereberes al amparo de sus tradiciones, afables, animosos, dispuestos a compartir un cuscús nupcial o a preparar un té en cualquier momento. No hay azahar para perfumar el agua caliente con la que enjuagar las manos pero el gesto es el mismo; mesas redondas donde caben todos, fuentes comunales, familias interminables en constante compadreo.

El coche pasa zumbando, pitando, esquivando, saludando…

Rumbo al sur, el fondo del mar

Los desiertos no están tan vacíos como parece. Tampoco son siempre tan calurosos. Ni son sólo de arena. Los hay de piedras. Y los hay negros y blancos, amarillos, dorados y rojizos. Los hay lisos y montañosos; los hay ondulantes. Y todos, o casi todos, fueron alguna vez el fondo del mar. Por eso la carretera de Tizi-n- Tichka, la misma que construyeron los franceses en 1928, todavía hoy el único camino al sur, está cuajada de tenderetes de fósiles: numulitas soñolientas enroscadas sobre sí mismas, conchas adosadas a la roca dorada, misteriosas ignitas, minerales coloreados…

Ergs, regs, hamadas. A los pies del Atlas, la sucesión de paisajes y estratos geológicos se sucede sin contemplaciones pero a un ritmo sostenido, como si alguien hubiera trazado,  con escuadra y cartabón, igual que las fronteras postcoloniales, cada límite: aquí se terminan las montañas; de ahí para allá, la arena; a partir de allí, los guijarros y las rocas. Naranja y negro. Al fondo, el blanco del Alto Atlas, con la cima del Jbel Toubkal (4.167 m) sosteniendo el cielo, de un azul satinado, como de cera derretida.

El coche pasa zumbando, pitando, esquivando, saludando…

Flores secas a la puerta de una herboristería en la medina de Marrakech

Flores secas a la puerta de una herboristería en la medina de Marrakech.

Los bambara mantienen viva la influencia de la Ruta del Oro que unía Tombuctú con Marrakech a través del Desierto del Sáhara.

Los bambara mantienen viva la influencia de la Ruta del Oro que unía Tombuctú con Marrakech a través del Desierto del Sáhara.

El principio de un continente, tierra de todos

Aquí empieza África. Aquí se inició la invasión árabe. Hasta aquí llegaron los franceses –Ouarzazate se urbanizó como centro administrativo colonial- en los felices años 20. Aquí han estado Brad Pitt, Ridley Scott o Russel Crowe para grabar en los escenarios de Atlas Studios, otra de las sorpresas del desierto marroquí. “Allí al fondo está Jerusalén y aquí, un trozo de Egipto”, comenta, con una sonrisa bigotuda y mellada pero amplísima, Josef. Se ríe de su propia broma mientras camina entre las bambalinas de las superproducciones y reconoce que él también, como el pastor de Babel, ha sido extra en alguna de ellas. Trampantojos de la gran pantalla. La magia del séptimo arte.

El coche pasa zumbando, pitando, esquivando, saludando…

Ciudades familiares y sensaciones de arena

De cartón piedra parecen también las kasbas que salpican, abrazadas por los oasis, el camino hacia Merzouga. Auténticos gigantes de pies de barro (o de arcilla) que crecían al mismo ritmo que la familia fundadora y se abandonaban cuando las lluvias o el paso del tiempo carcomían, sin solución de continuidad, sus muros y fachadas. Algunas siguen habitadas. Otras, como la kasba de Aït Benhaddou, Patrimonio de la Humanidad, o la de Glaoui, camino a la Garganta de Todra, se han quedado vacías… O casi, porque al calor de las caravanas viajeras del siglo XXI se adivinan tiendas, talleres y alguna antena parabólica como las que cuajan las azoteas de Marrakech, repletas también de mujeres y niños, de alfombras puestas a secar y jaimas improvisadas para ganar más espacio al vacío.

Donde no hay trampa ni cartón es en Merzouga: estrellas y dunas, Argelia en el horizonte; el ronroneo vespertino de los camellos; el te espeso y un tajin; mantas floreadas; polvo en suspensión y turbantes. Las castañuelas metálicas de los gnawa se mezclan con el ulular de las mujeres que animan una boda. El sacrificio del cordero, con las patas mirando hacia La Meca. Ojos que se ríen detrás del velo. Patios desnudos y paredes con hebras de paja. Y niños, niños, muchos niños. Un grupo de francesas se entrena para participar en el Rally de las gacelas, un buen reto, aunque en realidad la prueba deportiva internacional más famosa de la zona es la Maratón des Sables, 229 kilómetros desérticos en 6 días; la competición más dura en su modalidad.

El coche regresa zumbando, pitando, esquivando, saludando…

El tamaño no importa

Al amanecer, como durante la carrera o los entrenamientos, da un poco igual si las dunas miden 180 o 300 metros de altura. La luz va dibujando sus perfiles, a oleadas. 10 minutos de contemplación que parecen nuevos, como el cosquilleo que producen los rayos en la piel, que parece estrenar su calor. Qué simple y, a la vez, qué sorprendente. La batalla de la luz y las sombras.

El coche regresa zumbando, pitando, esquivando, saludando…

Marrakech no duerme cuando llegamos; parece que no descansa nunca. Salvo en la medina, donde la vida se recoge tras los portones de madera al caer el sol. Suena una fuente y se oye un cerrojo: metal contra madera. Ya de vuelta. El ruido, los baches, el ajetreo constante, todo parece haber sucedido en otro lugar, en otro país, durante mucho más tiempo.

Libros para viajar Marruecos

Si tienes pensado hacer turismo en Marruecos, quizá te interesa leer alguno de estos libros:

* El niño de la arena, Tahar ben Jelloun

* El cielo protector, Paul Bowles

* En Marruecos, Edith Wharton

Por el camino se pueden encontrar túneles hechos para extraer agua de las entrañas del desierto de Marruecos.

Un viaje por carretera en el Atlas marroquí te llevará a Ouarzazate, meca del cine en el Magreb

Un viaje por carretera en el Atlas marroquí te llevará a Ouarzazate, meca del cine en el Magreb.

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