Bután, el dragón más antiguo de Asia

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Timbu, capital de Bután, es, quizá, el último secreto de los Himalayas.

Un soberano que abre paso al turismo con cuentagotas; unos súbditos a medio camino entre el Medievo y el siglo XXI; ciudades rodeadas por murallas de 3.000 metros de altura; monasterios repartidos siguiendo la silueta fantasmagórica de un demonio más antiguo que el Príncipe Sidarta: Bután sigue empeñado en conservarse como un reino que no es de este mundo.

La televisión llegó a Bután en el año 1.999 pero Karma no la vio hasta el 2000. O puede que fuera el 2001. Lo cuenta con tranquilidad, con los ojos almendrados muy serenos y una ancha sonrisa repartida por su cara de pan. Debe tener veintipocos. Le preguntamos qué impresión le causó el primer programa que vio, pero no entiende adónde queremos llegar y nos quedamos con las ganas de hurgar un poco más en su memoria mediática. A cambio, nos interroga sobre España. Aquí no hay toros, ni paella, ni siesta, ni sevillanas que valgan. Que en qué rincón de Europa está. Sólo tiene claro que somos campeones del Mundial de Fútbol.

Es como si Bután percibiera el mundo del otro lado de los Himalayas con cierto recelo, como si las cosas de los demás no fueran del todo con ellos. La crisis suena pero no inquieta. Los granjeros siguen cultivando arroz, los monjes estudian y rezan en monasterios prácticamente inaccesibles y los jóvenes como Karma combinan con soltura sus trajes tradicionales (túnica a media pierna, o gho, para ellos; dos piezas de seda hasta los pies, el Kira, para ellas) con las nuevas tecnologías en las ciudades que, como Thimpu (o Timbu) o Paro, dibujan la imprecisa geografía urbana de Bután. Todo sigue en su sitio en un país a caballo entre la India –poderoso respaldo militar y económico- y China. Sus otros vecinos –Nepal, Tíbet- hace tiempo que dejaron de parecerse a este sancta sanctórum himaláyico, objetivo de los viajeros de espíritu libre, alérgicos a los circuitos rápidos y sencillos.

Un dragón feliz pero con la cartera vacía

Bután era un dragón asiático mucho antes de que la idea se pusiera de moda en los circuitos económicos; desde el siglo XIII, los butaneses llaman a su país Drug Yul la tierra de los dragones –blancos, alados y legendarios- que rugen con la intensidad del trueno. Y se preocupan más por elevar y medir la Felicidad Interior Bruta (FIB) que el PIB.

Quizá la clave de esta manera de ser, de este saltarse a la torera las pautas que el resto del mundo considera inamovibles, esté en las profundas y arraigadas raíces budistas de Bután.

Si las enseñanzas del Príncipe Azul son un canto a la armonía y el equilibrio, Bután es su máximo exponente.

Aquí no hay monjes enfurruñados como en el Tíbet, ni cortapisas de ningún tipo, como en Tailandia. El Budismo butanés empapa las calles, los negocios, la actividad diaria. Es de verdad. Es el pilar. Es el cuenco del que se alimenta, junto con el del arroz, una población sencilla y amable, curiosa y muy educada.

Otro ritmo es posible

La geografía verde, montañosa y potente hace el resto: marca las fronteras y les inmuniza contra el corre- corre exterior. Y es que no se puede subir a toda velocidad hasta el Monasterio de Tango ni pretender que las ceremonias del Templo de la FertilidadChimi Lhakhang– sean breves. Lo único que en Bután llega rápido es el sueño, que se desploma sobre los párpados sin previo aviso, después de un día intenso de caminatas, carreteras lunares, sonrisas, altares y representaciones de Buda.

No es que en Bután quieran quedarse al margen de los beneficios de los desarrollos tecnológicos; se trata de una libre adaptación de esos avances para conservar las tradiciones locales y que el país mantenga su identidad específica en ese rincón suculento del continente asiático. Por eso el monarca actual –el Quinto de esa curiosa dinastía nacida en el siglo 20 entre los señores feudales de cada valle- estudia con lupa cualquier cambio, incluida la apertura del país al turismo.

Los beneficios de este proteccionismo turístico permiten que el viajero pueda deambular a sus anchas por las calles sin semáforos de Timbu y comprar banderas de oración o figuras del Guru Rimpoche sin regateos ni tensiones en las tiendas de barrio.

O meditar en cualquier monasterio, rodeado por monjes de todas las edades, encantados de compartir sus oraciones y su agua bendita, que se sorbe y se reparte entre la coronilla y la garganta para purificar pensamientos y palabras.

Un hombre hace girar las ruedas de oración en Lhakahng Changangha, Bután.

Un hombre hace girar las ruedas de oración en Lhakahng Changangha, Bután.

Por encima de los 3.000, a pie o en tigre volador

“Otra posibilidad de Bután es la de realizar trekkings increíbles”, señala Karma. A él no parecen importarle ni los días de marcha, ni los kilómetros, ni la altura.

Las manos a la espalda, desnivel arriba, desnivel abajo. A los lados, bosques espesos y esmeraldas que ocultan especies casi en peligro de extinción: además de leopardos y tigres, en Bután conservan varios ejemplares de Takin, una rarísima especie de bóvido que, según las leyendas, surgió de la mezcla que el Lama Drukpa Kunley hizo entre una cabra y una vaca.

Es muy fácil que por el camino la gente invite a los caminantes a tomar un té -hirviendo, con leche, muy dulce- en sus casas de la montaña, humildes pero dignas.

Ese tentempié se agradece muy especialmente durante el ascenso al Monasterio de Taktsang, el Nido del Tigre, uno de los recorridos más temidos sobre el papel pero también una de las experiencias más satisfactorias que se pueden vivir en Bután; no sólo por el reto físico que supone, sino por la recompensa de encontrar, a la vuelta de una esquina de barro y musgo, un monasterio de tejados rojos y paredes encaladas que cuelgan sobre un bosque interminable, que se deshace en el Valle de Paro.

Si subir a pie cuesta, bajar es casi imposible porque resulta muy difícil despegarse de este rincón sagrado para el Budismo. Seguramente la misma sensación tuvo su fundador, Guru Rinpoche, tras vencer al demonio que habitaba esas cimas y meditar allí durante varios años. Su única ventaja fue que un tigre volador le ayudó a llegar hasta allí.

Otro símbolo de Bután son los "Tres amigos". A la derecha, las piedras que señalan el camino de peregrinación al Nido del Tigre, una de las rutas más recomendables si vas a viajar a Bután.

Otro símbolo de Bután son los “Tres amigos”. A la derecha, las piedras que señalan el camino de peregrinación al Nido del Tigre, una de las rutas más recomendables si vas a viajar a Bután.

El Monasterio de Punakha Dzong, en Bután.

El Monasterio de Punakha Dzong, en Bután.

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