Hiroshima y la bomba atómica sobre Japón, lo que deja la Historia

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En Hiroshima hay que ver el Museo Memorial de la Paz. 

La bomba atómica sobre Hiroshima desintegró a cerca e 2.000 personas en cuestión de segundos.

Como cada año, este mes de agosto, la ciudad japonesa de Hiroshima recordará las bombas atómicas que cayeron sobre ella y la vecina Nagasaki en 1945. Mataron de manera directa a cerca de 370.000 personas, aunque las víctimas en los días siguientes a las explosiones –5 y 8 de agosto respectivamente- se multiplicaron hasta el punto de que algunas fuentes señalan que casi todos los vecinos de ambas ciudades sucumbieron a las heridas. Los supervivientes y sus descendientes arrastraron de por vida las secuelas producidas por las bombas que fueron, según el presidente estadounidense Harry Truman, las herramientas con las que “acortar la agonía de la guerra”. Kamila Shamsie lo narra de manera intensa en su poderoso libro Sombras quemadas.

La Campana de la Paz del Memorial de Hiroshima suena cada mes de agosto en recuerdo de la primera bomba atómica que cayó sobre Japón en 1945

La Campana de la Paz del Memorial de Hiroshima suena cada mes de agosto en recuerdo de la primera bomba atómica que cayó sobre Japón en 1945

Hiroshima es el lugar más sensibilizado con los desastres nucleares de todo Japón. Aunque hace años que la ciudad mira de frente al futuro, los ojos de fuera no pueden dejar de fijarse en el pasado, en los restos, en la memoria, en el recuerdo de los lugares y de las personas que hicieron que este lugar pasara a la Historia de la Humanidad como el primero en sufrir en carne propia los efectos de la bomba atómica. Quizá por eso, al abrir el grifo del hotel, uno se pregunta, sinceramente, si los niveles de radiación serán los habituales a los de cualquier parte del mundo. Se sobreentiende que sí y que por eso la gente hace vida normal. “Los niveles de concentración de cualquier elemento atómico en 1945 no se pueden ni comparar con lo que existe a día de hoy” reza algún cartel.

Al fondo, el perfil de las construcciones del Parque Conmemorativo de la Paz, uno de los lugares que hay que ver en Hiroshima: gris sobre gris porque el ambiente de agosto aquí es especialmente denso y húmedo, sofocante, encapotado.

“Dios mío, qué hemos hecho”, dicen que murmuró el copiloto del Enola Gay cuando vio la destrucción absoluta que la bomba atómica de Hiroshima había provocado en dos kilómetros a la redonda.

El sudor lo va empapando todo poco a poco y, como en casi cualquier otro lugar de Asia, uno se debate entre el deseo de entrar en un edificio perfectamente climatizado (aún a riesgo de quedar contracturado y resfriado para siempre) y la necesidad de aguantar estoicamente bajo algún árbol del Parque Memorial de la Paz a que suene la campana que conmemora el bombardeo del 6 de agosto de 1945.

El creador de la bomba atómica de Hiroshima

Robert Oppenheimer está considerado el creador de la bomba atómica de Hiroshima, aunque en realidad no trabajó solo y encabezó el equipo de científicos e investigadores que crearon la bomba atómica de Hiroshima, Little Boy. El proyecto se bautizó con el nombre en clave de ‘Operación Manhattan’ y se desarrolló, de manera secreta, en un lugar hoy conocido como Laboratorio Nacional de Los Álamos, en Nuevo México.

El primer ensayo nuclear considerado exitoso se produjo en el desierto circundante en el mes de julio de 1945, uno antes de que la bomba atómica cayera sobre la ciudad japonesa de Hiroshima.

Los efectos de la bomba atómica de Hiroshima

Las cigarras de Hiroshima chirrían y el sol cae a plomo desde un cielo blanco, desbordado de luz. La gente hace cola para golpear la Campana de la Paz. La Llama de la paz se contonea a la entrada del Memorial de la Paz. Y en el interior del Museo Memoria de la Paz esperan los datos, las imágenes, las cifras, incómodas pero necesarias.

A los pies de la Cúpula Genbaku (Patrimonio de la Humanidad desde 1996) la sombra oscura de un hombre que estaba allí sentado a las 8:15  de aquella mañana, buscando algo de fresco, desborda las emociones. Más de 100.000 personas que amanecían en su ciudad, Hiroshima, aquel 5 de agosto de 1945, se desintegraron en cuestión de segundos. Pasaban 17 minutos de la hora prevista por el Ejército de los Estados Unidos para la operación con la que pretendían terminar la guerra. Fue entonces cuando Little Boy, como llamaron a la bomba atómica de Hiroshima, de dos metros de largo y 4.000 kilos de peso, con dos de uranio, cayó sobre esta ciudad de Japón. Tenía una potencia devastadora de 12,5 kilotones.

 ¿Sabías que Hiroshima está situada en el delta del río Ota, que al desembocar en el Mar  Interior de Japón se divide en 7 brazos que rompen la ciudad en varias islas conectadas por puentes?

El Monumento a los niños del Memorial de la Paz de Hiroshima está lleno de grullas, el animal considerado símbolo de la inocencia frente a la barbarie de la guerra

El Monumento a los niños del Memorial de la Paz de Hiroshima está lleno de grullas, el animal considerado símbolo de la inocencia frente a la barbarie de la guerra

Hiroshima es un símbolo mundial, un referente vivo de lo que jamás se puede repetir, a pesar de que la escalada armamentística (y no sólo… La Bomba H o bomba de neutrones se desarrollaron años más tarde en ése ‘a ver quién la tiene más larga’ de la Guerra Fría) ha hecho que, a día de hoy, el mundo pueda desaparecer, en su totalidad, en un segundo.

Quizá por eso, Hiroshima es un viaje obligado para los ciudadanos de a pie, para los políticos, los militares y los científicos y los técnicos que son capaces de desatar esa furia devastadora que ni siendo puntual y no hereditaria debería producirse de nuevo. Nunca. Nunca. Nunca. Y sin embargo esa posibilidad, al menos teórica, aún existe.

Hiroshima es prácticamente plana y la mejor manera de moverse por ella es en tranvía.

Al final, uno se marcha de Hiroshima con el corazón exprimido y la cabeza saturada. Revuelto y conmovido. Una sensación incómoda pero necesaria. No se puede viajar por un mundo de color de rosa. A estas alturas, no se debe. Saber y ver son privilegios pero también, quizá por eso, obligaciones. Junto a las estadísticas, los cenotafios y las setas de miedo, uno se lleva consigo las grullas de colores que los niños japoneses siguen regalando a la memoria de quienes nunca dejaron de serlo; o el sabor picante y dulce del plato estrella, el okonomiyaki. Y, como remate, el perfil enrojecido de la torii o puerta sagrada de la Isla de Itsukushima. La vida.  La vida. La vida. El ser humano, capaz de lo mejor y de lo peor.

Okonomiyaki en Hiroshima

Si viajas a Hiroshima tienes que probar el okonomiyaki, uno de sus platos típicos. Un buen lugar para hacerlo es Okonomi Mura, un edificio de varias plantas llenos de mini-locales especializados en esta receta.

Los restaurantes son tan pequeños que en muchos de ellos sólo caben 5 ó 6 comensales. El humo de la masa de la plancha se mezclar con el titineo de las botellas y de los suspiros de los ingredientes de esta “pizza japonesa” cuando caen al fuego. El constante ir y venir de la gente le da un toque futurista a esta experiencia. Si alguien se diera la vuelta y te dijera que es un replicante, ¡te lo creerías inmediatamente!

Qué es el Okonomiyaki:

La masa es ligera y muy fina y encima colocan de todo. Sabrosa y económica, probarla en un viaje a Hiroshima es imprescindible para confirmar que la gastronomía nipona es más que pescado crudo y arroz.

 Libros sobre la bomba atómica de Hiroshima:

Además del ya mencionado Sombras quemadas de Kamila Shamsie, entre los libros sobre la bomba atómica de Hiroshima destacamos El haiku de las palabras perdidas deAndres Pascual. Random House Mondadori.

Libros sobre Japón:

Hay muchas novelas ambientadas en Japón o que te puedan dar información de interés sobre su cultura si estás preparando un viaje a Tokio y el resto de sus ciudades. Nosotros te recomendamos los siguientes títulos de libros sobre Japón:

El aventurero de Dios, Francisco de Javier, de Pedro Miguel Lamet.

La relación entre Oriente, y más concretamente Japón, y Occidente empieza con viajes como el que protagonizó Francisco de Javier, un viaje histórico entre Occidente y Oriente. La llegada de los primeros misioneros católicos propició que también llegaran otros inventos, como el reloj, como recoge hábilmente Pedro Miguel Lamet. La aventura de Francisco de Javier es el argumento de otra novela, Dainichi, de Ramón Vilaró, algo más breve y también entretenida, aunque no tan completa, ni en cuanto a argumentos ni en cuanto a estilo como la de Lamet.

Los años de peregrinación del chico sin color, de Haruki Murakami.

Murakami es un autor imprescindible si viajas a Japón. En Los años de peregrinación del chico sin color aborda la problemática de la individualidad en macro ciudades como Tokyo y la búsqueda de uno mismo como miembro de un grupo social. Inquietante y absorbente.

La fórmula preferida del profesor, de Yoko Ogawa.

Ogawa resume lo mejor de la poética de la narrativa oriental en una novela delicada sobre el aprendizaje y las relaciones intergeneracionales. La edición es, además, preciosa.

El efecto de un aleteo de una mariposa en Japón, de Ruth Ozeki.

Este libro sobre Japón es tan raro como atractivo. Aunque puede no ser demasiado fácil de leer, merece la pena perseverar y disfrutar de la loa al esfuerzo personal y la perseverancia de Ozeki.

El crisantemo y la espada, de Ruth Benedict.

Un ensayo antropológico de los años 40 que sigue publicándose como si fuera fruto de investigaciones actuales. Pese a los tópicos, resumen muchas de las claves esenciales de la cultura japonesa, todavía sustancialmente distinta de la occidental.

 

El Memorial de la Paz y la Cúpula Genbaku son dos lugares que hay que ver en Hiroshima

El Memorial de la Paz y la Cúpula Genbaku son dos lugares que hay que ver en Hiroshima

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