Nápoles, la deseada

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Descubre los lugares de interés que ver en Nápoles si no tienes demasiado tiempo.

Herculano, el Vesubio y Pozzuoli destacan entre los lugares que ver en los alrededores de Nápoles.

Viajar desmonta tópicos. O los consagra. Porque algunas veces, pocas pero algunas, los lugares hacen de su capa un sayo, de la necesidad, virtud y de los tópicos, un arte. Ropa tendida en callejones neorrealistas; fútbol y motos. Ruinas arqueológicas y altares en cada esquina; pizza, queso mozzarella; cine, música, calles enroscadas sobre sí mismas… Nápoles, la hechicera, se desestructura para seguir siendo la Neápolis griega sin renunciar a todo lo que de fuera pueda gustarla.

Trotando por Spaccanapoli es fácil olvidar que Nápoles tiene mar. No huele a sal pero sí a pizza. No hay más brisa que la que levantan las motos, que sortean los obstáculos como funambulistas de circo, manteniendo un equilibrio imposible entre la cuidada estética de los jóvenes que las conducen y el tráfico –peatonal y rodado- al que driblan sin perder la sonrisa.

Si acaso, de vez en cuando, el perfil de una gaviota despistada hace suponer que por encima de las coladas multicolores ondeando entre las fachadas descascarilladas está el Mediterráneo, la autopista cultural y comercial del Imperio Romano, heredero-usurpador-conquistador y fundador de Nápoles, Pompeya y Herculano y el resto de urbes de la Italia, la bota dorada del Mediterráneo.

El cubo marino de Rubik

Y el Mediterráneo lo es todo, también, para la ciudad, capital de Campania, región mestiza, rebelde, deseada, atractiva sin ser canónicamente bella. Pero gran parte de Nápoles (su casco histórico, Patrimonio de la Humanidad, o su realidad subterránea) parece ignorar que por su puerto han ido llegando las caras de un cubo que, ríase usted del de Rubik, funcionan sin que nadie las haya, todavía, encajado. Griegos, longobardos, normandos, aragoneses, españoles, revolucionarios garibaldianos, italianos… Y ellos, empeñados, por encima de todo, napolitanos. Y algo “pelusas”, que para eso subieron a los altares a Maradona, todavía hoy presente en la memoria colectiva y la imaginería de los puestos artesanales, y conservada, incluso, como figura de presepio (los belenes fueron inventados aquí, dicen, igual que la pizza Margarita, que debe su nombre a una reina y sus colores a la bandera de Italia, y la ópera, un género que nació en Nápoles).

Quesos y túneles: la memoria subterránea

Pero es que la memoria de Nápoles es prácticamente infinita. Si el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles mantiene vivito y coleando el año 79 d.C. y la erupción del Vesubio, las entrañas de la ciudad, horadadas como las de un queso Gruyere, aunque aquí el famoso y recomendable sea el de Mozzarela, van recuperando, lenta pero firmemente, parte del legado antiguo y algunos momentos, más intencionadamente olvidados que desconocidos, del siglo XX.

Las extensas Catacumbas de San Genaro -Catacombe di San Gennaro en italiano-, patrón de la ciudad, abren las ventanas a los primeros siglos del Cristianismo. Y el Túnel borbónico –menos famoso por ahora pero igual de interesante- se asoma a los años en los que Nápoles construyó uno de los acueductos subterráneos más importantes del mundo, utilizado, siglos más tarde, como refugio durante la Segunda Guerra Mundial. Al contrario que en la superficie, donde el alud de sensaciones es imparable, y a veces agotador, aquí hay un amplio margen para la imaginación. Los agujeros, los fosos, los pasillos de roca viva, las máscaras antiguas o los grafitos dejados por los civiles que se escondieron de las bombas británicas, estadounidenses y alemanas (aquí cayeron por partida triple) son otra de las caras del cubo, totalmente diferente a las de las iglesias y altares, museos, tiendas y restaurantes.

El centro histórico de Nápoles siempre esconde muchas curiosidades que se descubren a pie.

Un volcán, dos ciudades y una actriz felina

Otra cara distinta del Cubo de Rubick que es Nápoles es la del volcán Vesubio, al que le pasa como al Mediterráneo; está ahí, en la línea del horizonte, como si tal cosa, pero se le ve más que se le mira, a pesar, incluso, de que la sombra de Pompeya sea, más, en principio, que la de Herculano, alargada, ineludible y, a la postre, algo difusa. Y a pesar de que sea uno de los volcanes del mundo más peligrosos por sus erupciones todavía posibles. Quizá porque a la Arqueología, a veces, le sucede como a la Ciencia, que no acierta a conectar con los neófitos y los legos, algo limitados, sin la ayuda necesaria, para imaginar las calles empedradas repletas de tabernas, carros, suciedad y peatones de toga y sandalia.

Nápoles es como la Loren, una de sus hijas predilectas, asalvajada y dulce, arisca pero al final, si se la sabe tratar, entrañable gracias, sobre todo, a la calidez de sus gentes, divididas entre la velocidad apabullante del idioma, el ritmo desenfrenado de su casco histórico y la pereza de chancla y expreso de sus corros callejeros, organizados en torno a una mesa de café o sobre las sillas de anea de una vecindad bien avenida, repartida entre los ventanales de, se adivina, techos altos y aceras inquietas. Una ópera clásica reinterpretada a golpe de rock que, con toda seguridad, habría enamorado también a Carlos III, el mejor Borbón en España.

El Teatro San Carlo y la Galería de Umberto I son dos de lugares que ver en Nápoles.

El Teatro San Carlo y la Galería de Umberto I son dos de lugares que ver en Nápoles.

Mapa de Nápoles