Chipre, la más hermosa historia mediterránea

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Descubre por qué Chipre es una de las mejores islas de América, África y Europa para viajar. 

Si vas a hacer turismo en Chipre no te pierdas estos tips y recomendaciones.

Nueve mil años de idas y venidas dejan flecos por todas partes: persas, bizantinos, griegos, romanos, cruzados, venecianos, otomanos. Su estela de leyenda y tradiciones es difícil de resumir, quizá por la casa que compartieron, Chipre, conjuga lo mejor de cada uno de ellos.

Chipre es una isla hermosa, soleada, crujiente y salada. Llena de ruinas históricas y de un animado bullicio urbano, que hoy transforma el legado de los mercaderes fenicios y egipcios en un hormigueante  intercambio cultural y estético entre la Europa mediterránea y la escandinava, aficionada a poner al sol de aquí sus articulaciones heladas.

Dioses paganos y apóstoles cristianos

Chipre es hermosa, sí, sobre todo cuando uno se pierde por sus caminos de tierra y sus carreteras estrechas, directas al Olimpo. Y no es un decir, porque la montaña más alta de la isla (1.952 m) se llama así. Aunque los dioses clásicos han tenido que aprender a convivir con los santos cristianos. Porque si Armenia se vanagloria de ser el primer país que abrazó oficialmente el Cristianismo, Chipre saca pecho como uno de los primeros destinos a los que llegaron Pablo y Bernabé en sus misiones apostólicas. Ellos fueron también quienes nombraron obispo de la actual Lárnaca a Lázaro de Betania, el resucitado, que hoy descansa por segunda, y definitiva, vez, en la iglesia de esa ciudad que lleva su nombre.

Con el tiempo, la palabra de Jesús se hizo Iglesia, la Ortodoxa chipriota, y sus templos se fueron construyendo  en las montañas de Troodos, a salvo de los saqueos costeros. Diez de ellos están considerados Patrimonio de la Humanidad y el más grande, el Monasterio de Kikkos, conserva un icono de la Virgen María que fue pintado, dice la tradición, por San Lucas. Allí arriba, entre pinos, matojos de salvia y arbustos de jara, vino casero y aceitunas como puños, Chipre se convierte en un Tirol mediterráneo, en otro mundo, en otro viaje distinto.

Sin ríos pero con una ciudad dividida

Y así, entre mercaderes y guerreros de la fe, apóstoles y leyendas, se ha ido tejiendo el encaje de bolillos que da forma y fondo a la tercera isla más grande del Mediterráneo; sin ríos pero con una situación geoestratégica tan beneficiosa como perjudicial. Porque el paso inexorable del tiempo y de las flotillas marítimas que encadenaban Oriente con Occidente, y viceversa, han servido para maridar sabores y credos pero también para dividirla por intereses políticos y militares. Vendida a los Templarios en el siglo XII, conquistada por los otomanos años más tarde, Chipre ha pasado de mano en mano, como moneda de cambio o baluarte defensivo, hasta llegar a las de los británicos al final de la Primera Guerra Mundial.

Y desde 1974, su capital, Nicosia, es, además de una de las ciudades más antiguas del mundo (con permiso de la maltratada Damasco, entre otras), la única de toda Europa que sigue partida en dos. Y cruzar de un lado a otro – a regañadientes unos y con los brazos abiertos otros- es una experiencia inolvidable, a caballo entre el cine y la Literatura: garitas de control, edificios desconchados con agujeros de bala en sus fachadas: una tierra de nadie con eco de soledad y soldados de la ONU todavía desplegados, que da paso a una media luna roja, gigantesca, sobre una colina. Y a minaretes y hiyabs; a una catedral, la de San Nicolás, “customizada” como mezquita y un castillo en el que dicen que Shakespeare se inspiró para escribir su Othelo porque allí gobernó un tal Cristóforo Moro, que asesinó a su mujer, Desdémona, y donde un soldado de tez oscura, Francesco de Sessa, cometió un atropello tan grave que le supuso el destierro.

El Castillo de Limasol es una de las fortalezas históricas del Mediterráneo y está en Chipre.

El Castillo de Limasol es una de las fortalezas históricas del Mediterráneo y está en Chipre.

El tiempo detenido: ganchillos de cuadro, vino homérico

Y junto a la costa, varados en el espacio y en el tiempo, los hoteles de Varosha, abandonados por sus propietarios chipriotas durante la ocupación de las tropas turcas en 1974. Alambres de espino y tumbonas y sombrillas. Todo vacío. Detenido. Esperando…

En esta esquina de la isla, al margen, o casi, del tiempo y de los reconocimientos internacionales, donde casi nadie pone pie por el difícil acceso y las limitaciones burocráticas y legales, cenando pescado frito frente al mar, con mantas sobre los hombros y el tiempo justo para regresar al otro lado de la Línea Verde, la isla es, para el de fuera, otra vez, otro mundo, otro viaje, otro tempo; para el greco-chipriota, una herida abierta, difícil de coser a pesar de los intentos históricos de la sociedad civil y de algunos dirigentes y autoridades religiosas.

Es difícil dar la última puntada al ganchillo que envuelve la realidad chipriota. Por sus agujeros se escapan las curvas sensuales de Afrodita, a la que, según dicen, todavía le gusta bañarse en una cala recogida. Pero su blancura y calidad quedarán para siempre inmortalizadas, aunque algo anónimas, por la mano de Leonardo, que utilizó un souvenir local para cubrir la mesa de su Última Cena. Quizá el vino de las copas sea también de aquí porque el Commandaria es el caldo dulce más antiguo del mundo que aún se produce… “Con sabor a miel”, según dijo Homero.

La mezquita de Lala Mustafá Pashá está en Famagusta.

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