Cómo es la sociedad israelí

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En 2017 Israel celebra varios aniversarios importantes que dan pie a la reflexión sobre su polifacética sociedad.

En abril de 2017 Israel tenía 8,68 millones de habitantes, según la Oficina Central de Estadísticas de Israel (CBS en sus siglas en inglés). Aunque la gran mayoría (6.484.000) son judíos, el mosaico social del país encaja como puede las piezas cristianas y musulmanas que residían en el antiguo Protectorado británico de Palestina sobre el que se crea el Estado de Israel a partir de 1948. El tiempo ha ido sumando a los israelíes de segunda generación (sabras, como la fruta del cactus) y a los inmigrantes del resto del mundo.

Y aunque la religión sigue ocupando un puesto importante entre las cuestiones de la identidad israelí, un paulatino proceso de secularización se va dejando sentir en el país. El mismo estudio de la CBS recoge que el 44% de los judíos encuestados se declara secularizado y sólo un 9% se define como ultrarreligioso; entre la población no judía, el 52% dice ser religioso, el 21% encaja como no religioso y sólo el 4% dice ser muy religioso.

Es difícil, por tanto, hacer una foto fija de la sociedad israelí, sobre todo en un año que concentra importantes aniversarios. Porque en 2017 Israel conmemora el 120 aniversario del Congreso Sionista de Basilea, el centenario de la Declaración Balfour, 70 años de la propuesta de la ONU de crear dos estados en Palestina –una idea fresca pese a su senectud- y el quincuagésimo cumpleaños de la Guerra de los Seis Días.

Resulta difícil desligar la imagen de Israel de los Santos Lugares, las disputas de corte religioso o las reivindicaciones ultraortodoxas, pero su realidad incluye historias cotidianas mucho más complejas, variadas y enriquecedoras. Muchas están protagonizadas por mujeres que rompen todos los moldes. Es el caso de Miri Beillin, un referente de moda gracias a su estudio de diseño, que compagina con su rol de madre de familia numerosa.

Sandra Kochman también ha sacado los pies del tiesto al convertirse en la cara visible del movimiento civil “Mujeres del Muro de las Lamentaciones”, que reclama el rezo mixto en una zona del Kotel, el lugar más sagrado del Judaísmo. La influencia de los inmigrantes judíos de otras partes del mundo –donde los ritos son más laxos- es fundamental en la sociedad israelí. A ellas se oponen los ultraortodoxos –pocos pero ruidosos- que sí han conseguido que el Gobierno de Netanyahu –que se apoya en formaciones de ultraderecha y rigoristas de la Torá- paralice el reconocimiento oficial de esta iniciativa. Kochman sostiene que para “la gran mayoría de israelíes, que ni siquiera es religiosa y no se identifica con ningún movimiento, los temas de religión no son relevantes”, lo que hace que su lucha no tenga demasiada trascendencia social.

El discurso de Pnina Tamano Shata, abogada, periodista y diputada de la Knesset entre 2013 y 2015, de origen etíope, reivindica la historia de su comunidad, a la que el Gobierno israelí trajo en sucesivas operaciones militares en los años 80 y 90, “sin entender realmente la diferencia que iba a marcar el color de nuestra piel”. Tamano Shata fue la primera mujer de origen etíope en ser elegida parlamentaria y trabaja activamente para lograr la integración de su comunidad, tradicionalmente discriminada y con unas tasas de pobreza y empleos de baja calidad hasta un 30% superior a la media del resto de Israel.

Miri Beillin rompe con los estereotipos asociados a la comunidad ultraortodoxa en la sociedad israelí.

Miri Beillin rompe con los estereotipos asociados a la comunidad ultraortodoxa en la sociedad israelí. Fotografía de David Fernández Sánchez.

Pnina Tamano Shata fue la primera mujer de origen etíope elegida como parlamentaria de la Knesset, el Parlamento de Israel.

Pnina Tamano Shata fue la primera mujer de origen etíope elegida como parlamentaria de la Knesset, el Parlamento de Israel. Fotografía de David Fernández Sánchez.

Los kibutz –otro de los grandes símbolos de Israel– son más conocidos. Surgieron como un experimento social de corte marxista –y por tanto laico- pero se identifican con otra de las minorías sociales del país, los ultraortodoxos. “Sólo el 2% de la población de Israel vive en un kibutz”, explica Natan Gal, uno de los 2.000 residentes del mayor del Desierto del Neguev. “Es una minoría importante porque es la que realiza la producción agrícola para consumo interior y para exportar”. El fundamento inicial de los kibutz “terminó con la caída del Muro de Berlín; ahora es un socialismo más suave, más real” pese a que “hay una minoría de kibbutzim que mantienen el sistema anterior, un modelo válido pero con adaptaciones”.

Musulmanes y cristianos residentes en Israel también se dividen en multitud de minorías singulares; desde los griegos ortodoxos hasta los católicos, pasando por los beduinos o los drusos, uno de los grupos sociales más antiguos de la región. Sin olvidar a los Bahai del Monte Carmelo o los samaritanos de Galilea.

Colmena, más que avispero, la sociedad israelí avanza lentamente, como todas, tratando de armonizar los intereses y tradiciones de unos grupos sociales con unas raíces espirituales fortísimas, en cuyo seno también se producen movimientos individuales y colectivos tendentes a la secularización y la racionalización de costumbres milenarias. La foto fija de Israel se mueve constantemente, buscando ampliar el foco para dar cobertura a la riqueza cultural que de esa convivencia –contradictoria y difícil por mundana- se puede obtener.

Natal Gal representa a los kibbutizm, símbolo de resistencia para la sociedad israelí.

Natal Gal representa a los kibbutizm, símbolo de resistencia para la sociedad israelí. Fotografía de David Fernández Sánchez.

El muro que separa Israel de Gaza

El muro que separa Israel de Gaza. Fotografía de David Fernández Sánchez.

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