Omán, el paréntesis de silencio

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Un resumen de por qué merece la pena viajar a Omán, el sultanato discreto.

Completa la información para viajar a Omán con este resumen de qué ver y estas recomendaciones prácticas.

No es el hermano pobre de Arabia. Quizá el tiempo, aunque pase a ritmo de caravana a de camellos, terminará por demostrarlo. Es la alternativa a los rascacielos futuristas de Dubai, las inversiones millonarias de Abu Dhabi, el secretismo velado de Arabia Saudí y la descompensada democracia yemenita. Omán es a Arabia lo que Bután, el dragón más antiguo de Asia, a ese continente: una mirada práctica al futuro a través de los ojos de Sherezade, la Reina de Saba y Mahoma.

Es difícil, muy difícil, olvidar la esencia de Omán. Porque está tan presente en cada esquina, en cada roca, en cada horizonte, que impregna la piel, satura los sentidos, embriaga el espíritu… Es de una intensidad apabullante, saturada de matices y láminas de oro o, mejor, de cobre, que para eso fue este metal el primer pilar histórico de este pedacito de Península Arábiga.

Quizá esa euforia sensorial impulsó a la Reina de Saba a regalar incienso omaní al Rey Salomón. Quizá por eso los Reyes Magos lo cargaron a lomos de sus camellos, porque además aquí la tradición marca que se encienda al nacer un niño, para bendecirle y agradecer su llegada. Ahlan Wa Sahlan, bienvenidos. Baraka Allah Beek, que Dios les bendiga.

¿Sabías que una de las piezas más valiosas de la joyería omaní se inspira en el tálero de María Teresa? Era una moneda de plata de gran tamaño que se utilizó incluso después de que los portugueses salieran del país. Como buenos nómadas, los omaníes siempre han dado mucha importancia a las joyas, artículos valiosos fáciles de transportar.

Una Historia a saltos bruscos

Tradición, fe y hospitalidad pero también educación, infraestructuras y sanidad. Pasado y futuro fusionados en la cabeza de un hombre el Sultán Qaboos Bin Said, que derrocó (pacíficamente), en los 70, a un padre excesivamente conservador y que, desde entonces, sólo ha mirado por su pueblo, que lo reverencia sin tregua.

Puede que el pragmatismo de la rama ibadí del Islam, la mayoritaria en Omán, tenga algo que ver en su visión de estado, preocupada por profesionalizar a la población sin alharacas pero con proyección de futuro, empeñada en levar las anclas del subdesarrollo y la desesperanza donde su vecino del sur, Yemen, lleva varado desde hace décadas.

Hasta que llegó al país, Omán ni siquiera era capaz de mirar a mar abierto donde en el siglo XIX forjó un imperio, con mano de hierro y naves repletas de esclavos y especias, en las costas del Índico, India y Pakistán.

Por aquel entonces, decir Mascate era decir Stonetown, eje del comercio de personas y objetos del Índico. Todavía sigue en pie, aunque restaurado, el palacio –excéntricamente lujoso- de los sultanes Al- Basaid, descendientes de Said bin Sultan, el hombre que arrebató a los portugueses el control de las rutas comerciales marítimas pero que anuló los efectos beneficiosos de su esfuerzo al dividir el imperio entre sus dos hijos; cuando Zanzíbar dejó de ser su caja registradora, Omán entró en un coma histórico del que despertó a base de golpes tribales hasta que los británicos tomaron partido.

En los libros, como en el paisaje, del todo a la nada: del mayor esplendor, al ostracismo; de las crestas arenosas de las dunas Sharqiya a las de las olas profundamente azules del Estrecho de Ormuz; del vacío casi absoluto de Al-Wusta, al vergel tropical de Dhofar donde todavía se busca la ciudad de Ubar, la Atlántida de las arenas. Contrastes sin transiciones ni avisos que convierten a Omán en una montaña rusa de intensidades variopintas.

El desierto anclado en el mar

Con bandazos como esos casi ni sorprende que el cartógrafo omaní Ahmed bin Majid estuviera embarcado con el luso Vasco de Gama al doblar el Cabo de Buena Esperanza. De hecho, cabría hasta suponer que el mismísimo Simbad el marino hubiera sido vecino de Sur, localidad famosa por sus barcos. En cualquier caso, la herencia marina es tan potente como la de los nómadas del desierto, que reciben la llegada de las carreteras y el agua potable con la misma sonrisa sincera con la que comparten un café, sin renunciar a que su khanjar, la daga tradicional, siga encajada en el fajín o a que sus mujeres se cubran con máscaras, un protector solar más que una cortapisa pseudoreligiosa.

¿Sabías que los deportistas de Omán han hecho Historia? Entre las chicas, destaca la tenista Fatma al-Nabhani, que ha llegado a estar en el puesto 33 de la WTA, y Amany Fancy, promesa del patinaje artístico. Haji Shaban al-Bahishi es oro masculino del culturismo mundial y Moshin al-Busaidy es el primer regagista árabe que ha dado la vuelta al mundo.

Los wadis rompen la monotonía del desierto de Omán

Islam, una fe inevitable

Porque aunque el Islam es religión de estado y eje de cualquier acción y relación, en Omán se vive con la misma tranquilidad con la que las volutas de incienso se elevan desde el pebetero. El hibridismo histórico, la amplitud de miras del Sultán Qaabos y, quizá, la pertenencia mayoritaria a la rama ibadí reconducen los tópicos habituales en Occidente hacia el redescubrimiento de una de las grandes religiones monoteístas del mundo. Que, además, nació en la región, entre tiendas de pelo de camello, wadis y arena. Aunque eso no significa que algunos buhoneros del Zoco Mutrah, en Mascate, no se inclinen más de lo conveniente al paso de unas piernas femeninas, aún cuando vayan cubiertas por pantalones de lino.

Pero no hay tensión que no se disipe hablando de fútbol, regateando o con un buen apretón de manos, en Mascate o en Salalah, al sur, la ciudad de los festivales y el monzón, el contrapunto verde, casi tropical, a las dunas kilométricas del norte, las de Sharqiya o las de Rub al- Khali, donde uno se da cuenta de que nunca debería haberse fijado una fecha de vuelta porque el tiempo no alcanza lo suficiente para desvelar los recovecos de una cultura tribal  empeñada en mirar al futuro con unas raíces bien hundidas en una tierra rica en leyendas, minerales, gas y proyección geoestratégica.

El único consuelo es que, como dijo T.E. Lawrence, cualquiera que haya conocido el desierto “llevará consigo su impronta, el sello que marca al nómada, el deseo de volver”. Insha´alla. 

Mapa de Omán

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