Adiós al último superviviente de La fiesta del Chivo

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El fallecimiento de Antonio Imbert Barrera, el último superviviente de la conjura que acabó con el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, invita a releer La Fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa.

Portada de la novela La fiesta del Chivo, de Margio Vargas Llosa, en Alfaguara, sobre el dictador dominicano TrujilloDicen que fue uno de los peores dictadores, si no el peor, de cuantos han existido en América Latina, si es que puede establecerse una gradación en estos asuntos. Y sin embargo poco o nada se sabe, se dice, de él fuera del territorio que pisoteó durante 30 años, la República Dominicana.

Mario Vargas Llosa recuperó su historia, mezclándola con las dosis justas de ficción, en su novela, La fiesta del chivo, una de esas lecturas que provocan dependencia hasta que se terminan –la fascinación del horror- y que, pasado el tiempo, siguen poniendo los pelos como escarpias, en la línea de A sangre fría, de Truman Capote, o, incluso, El último rey de Escocia, novela de Giles Foden adaptada al cine por Kevin MacDonald.

Quizá la clave esté en que en todas ellas el autor logra retratar la Crueldad sin maquillaje alguno, algo tan repelente como “atractivo”, por lo increíble, para quienes no hemos tenido la desgracia de vivirla en carne propia. Y un reto para quien escribe (elegir las palabras justas y desnudas para dejar que el hecho se narre a sí mismo, sin intervenciones emocionales) y para quien lee, incapaz, en ocasiones, de enfrentarse a tamaño horror. En La fiesta del Chivo, Vargas Llosa reflexiona entre líneas sobre el poder del miedo, la crueldad, la corrupción y la brutalidad de las dictaduras; sobre el sexo como herramienta de control sobre mujeres y hombres y, sobre todo, sobre las consecuencias de ese cóctel en el medio- largo plazo de la sociedad y las generaciones en las que se crea, a las que azota y en las que colea. Porque en estos casos la muerte del perro no acaba con la rabia.

En La fiesta del chivo, Vargas Llosa nos enfrenta como pocos a la oscuridad profunda del ser humano, combinando un ritmo trepidante con la reflexión sobre las consecuencias generacionales de la violencia social.

El recientemente fallecido Imbert Barrera –autor del tiro de gracia contra Trujillo- comparte el argumento de La fiesta del chivo con Úrsula Cabral, personaje de ficción que recuerda, el propio dictador, cuyo último día de vida se desmenuza hábilmente, y el resto de militares que participaron en el complot, José René Román, el traidor peor parado, o Joaquín Balaguer, que regresó al poder y la vida pública y política, y que vivieron escondidos los meses de represión posteriores al asesinato.

A veces la actualidad sirve para algo más que un tuit de 140 caracteres y 10 minutos –con suerte- de información. En este caso, debería hacerlo para enfrentarnos a un libro imprescindible y a unas ideas imperecederas.

Qué: La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa.

Quién: Alfaguara

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