Internet no es la respuesta, de Andrew Keen

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Andrew Keen: veneno en forma de bits

Andrew Keen ordena en ‘Internet no es la respuesta’ la historia de los últimos 20 años de Internet y los negocios que se han montado a su alrededor. La conclusión es devastadora: más empleo precario, más desigualdad y nuevos peligros para el ciudadano. Todo lo contrario a lo que nos habían prometido.

Portada del libro Internet no es la respuesta de Andrew Keen, publicado en España por la Editorial CatedralInternet no es la respuesta, de Andrew Keen (Editorial Casa Catedral, 2016) es la muestra de que el análisis es cada vez más importante en una sociedad donde se suceden los hechos a una velocidad de vértigo. El periodista norteamericano concluye que la evolución que ha tenido la Red en los últimos veinte años ha sido más perjudicial que beneficiosa para la sociedad.

Los creadores de Internet, y sus primeros explotadores económicos, nos vendieron que este invento nacido de la investigación militar serviría para mejorar el mundo y hacerlo más igualitario. Sin embargo, a lo largo de las páginas de Internet no es la respuesta, Keen demuestra con datos y múltiples referencias que ha sucedido todo lo contrario. Internet ha servido para hacer ricos a unos pocos y para empobrecer a muchos. La mayoría de las afirmaciones de Keen son evidentes, por lo que el valor de este libro se encuentra en la capacidad de reunir los principales hitos de Internet, y de los negocios montados a su alrededor, para contextualizar los perjuicios de esta nueva economía que empresarios y políticos nos venden como salvadora. Además, el autor de origen británico habla con algunos de los protagonistas de la “revolución digital” para mostrar sus intenciones y su peculiar código ético.

En la lista de los magnates de la economía digital se encuentran los creadores de Google, Amazon, Facebook o Instagram, por mencionar algunas de las empresas más conocidas. Se trata de negocios que pretenden acaparar el segmento de mercado en el que se mueven e incluso de extenderse a otros. En algunos casos, como el de Google, su situación es prácticamente de monopolio, lo que ha llevado a que la Comisión Europea le abra un proceso sancionador por este motivo. Otro punto controvertido de estas nuevas corporaciones es la forma que tienen de hacer negocio usando a los millones de usuarios que trabajan con sus soluciones, que compran los productos que revenden o que les ceden sus datos de forma voluntaria e incluso alegre, renunciando a su privacidad y conformando un universo que permite vigilarnos.

Menos empleo y más precariedad

Un ejemplo paradigmático de los negocios en Internet, tal y como están concebidos, es el de Kodak e Instagram. La primera empresa fue uno de los principales fabricantes de cámaras de fotos y películas fotográficas hasta finales de los años 90 del siglo pasado. Una compañía con más de 100 años de historia que sucumbió a la fotografía digital, las cámaras en los móviles y el efecto Instagram. Consecuencias de la inadaptación al ecosistema digital, pensarán algunos. Puede ser, aunque no creerán lo mismo sus más de 100.000 empleados, que se vieron sin trabajo tras la quiebra de Kodak.

La cuestión del empleo, con el mantra de que las nuevas tecnologías permiten crear trabajos mejores, es uno de los asuntos más espinosos tratados en el libro de Keen. Frente a los 100.000 empleados de Kodak, Instagram cuenta con una treintena, si llega. Otro ejemplo: en el sector del turismo, cadenas hoteleras como Marriot emplean a más de 127.500 personas en todo el mundo. Por su lado, AirBnb, el portal de Internet que intermedia en el alquiler de apartamentos entre propietarios y particulares, da trabajo a 1.600 personas.

La comparación de Marriot y Aribnb no es sólo por su sector de actividad, el alojamiento, sino por sus magnitudes económicas. La cadena hotelera está valorada en más de 20.000 millones de dólares, con más de 4.000 hoteles gestionados en todo el mundo, mientras que AirBnb supera los 27.400 millones de dólares de valoración con… 0 apartamentos gestionados. Porque la empresa californiana se dedica a la intermediación en el alquiler del apartamento, pero no a su gestión. Una locura de valoración, pero un negocio muy rentable.

Y con este descenso en el número de trabajos también viene la precariedad en los pocos que se crean y la presión a la baja de los salarios. Por un lado, cientos de miles de trabajadores se han quedado anclados en competencias a las que no se da valor en la era digital. Y no se ha producido una cualificación de los mismos. Por otra parte, los nuevos trabajos tienden a ser parciales y mal pagados. El ejemplo paradigmático es Uber. La empresa de alquiler de coches con conductor no posee vehículos, ni empleados, porque las personas que se anuncian en la misma son particulares que no tienen ninguna protección social ni forma de demandar a esta empresa si comete algún abuso.




La economía del “todo gratis”

Andrew Keen, que ha sido emprendedor en Internet y se ha relacionado con los principales popes de este sector, también analiza la cultura del “gratis total” en Internet. Películas, noticias, libros… Todo aquello que tiene que ver con la propiedad intelectual y que es fácilmente replicable ha perdido su valor para el usuario. La piratería de películas, programas informáticos y música es escandalosa en muchos países, entre los que destaca España.

Los periodistas también sufrimos esta nueva filosofía de todo gratis. Los grandes medios de comunicación ofrecieron en sus webs, desde el inicio de Internet, las mismas noticias que publicaban en su edición de pago, pero de forma gratuita. Confiaban en que una publicidad pagada a precios irrisorios sostuviese el negocio. Una estrategia suicida. Hoy, el desempleo y la falta de perspectivas en el sector periodístico es terrorífica. Y al ciudadano se le ha educado en la idea de que la información no tiene valor. Lo mismo ha sucedido con la música, sector en el que se han perdido cientos de miles de empleos y en el que portales como Spotify no dan de comer a los grupos musicales. Lo mismo se puede predicar de las películas y el cine.

Keen ha prometido un libro con las soluciones que podría adoptar la sociedad para evitar que Internet se convierta en un foco de pobreza para muchos y de riqueza para unos pocos. El autor apunta algunas al final de su libro, con la regulación legal como la principal de ellas. Keen piensa que los Estados deben legislar sobre Internet para conservar la idea primigenia de un lugar accesible que ayude a mejorar el mundo y en el que se puedan hacer negocios de forma igualitaria. No es un tema menor, porque Internet, a caballo de la tecnología, influye cada segundo del día en nuestras vidas. Pero la solución también pasa por la conciencia del ciudadano, que debe ser capaz de darse cuenta de que estas empresas que se suponen crean mejores negocios y empleos sólo están pensadas para llenar con millones de dólares los bolsillos de sus creadores y de los fondos de inversión que las mantienen. ¿Nos ha ayudado Internet o nos está destruyendo como sociedad?

Qué: Internet no es la respuesta, de Andrew Keen.

Quién: Editorial Catedral.

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