Carlos III, de viaje con el Rey Arqueólogo

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En el 300 aniversario del nacimiento de Carlos III, proponemos un viaje por algunos de los lugares que le convirtieron en el Rey Arqueólogo.

Coronado en la vocinglera Palermo y (mejor) alcalde de Madrid, Carlos III impulsó la Arqueología dieciochesca hasta el infinito al sacar de la tierra del olvido a Pompeya y Herculano, a la ciudad maya de Palenque y a la bella Itálica, lugares a los que volver en el 300 aniversario de su nacimiento.

Seguro que el Príncipe de Elboeuf terminó tirándose de los pelos al enterarse de que las esculturas que, entre col y col, aparecían en su finca italiana eran las miguitas de pan de una ciudad entera, Herculano, sepultada por el tiempo, la lava y el olvido y rescatada, para admiración permanente de todas las generaciones entre el siglo XVIII y el XXI, por obra e interés de un jovencísimo rey Borbón, de nombre Carlos, que casi estrenaba el trono de las Dos Sicilias, en el que se sentó durante 15 años junto a su amada María Amalia, impulsora de su pasión arqueológica. Igual que su madre, Isabel de Farnesio, heredera del coleccionismo renacentista de esa familia y de la de los Medici –ahí es nada- que inculcó en su padre, Felipe V, el interés por el mundo clásico que ya arrasaba en los salones del resto de Cortes europeas, la española más aficionada, hasta entonces, a la pintura.

Hermanas de Roma en el Grand Tour

Pero Carlos, instruido y educado por los mejores, se dejó seducir por lo que muchos –si no todos- los expertos coinciden en señalar como el hallazgo arqueológico más importante de la Historia: dos ciudades, Herculano y Pompeya –tres si contamos con Estabia- paralizadas en el tiempo por el botón del Pause del Vesubio. Si sus casas y sus tabernas, sus calles alcantarilladas y los contornos de sus vecinos nos fascinan más que cualquier recreación en 3D, qué impacto no causarían entre los ilustrados del XVIII, inquietos buscadores de las claves de la Antigüedad para emularla, compartirla y coleccionarla. Qué aventura la de devolver a la vida los atrios decorados y al Fauno burlón su sonrisa pícara o reanimar el espíritu de las fondas en las que, hoy lo sabemos, comían, sin cocinas en casa salvo los ricos. Tras deambular por sus calles adoquinadas, con fuentes estratégicamente situadas y pasos peatonales, habría que plantarse en Roma, que encontró en estas ciudades de la Campania a sus perfectas hermanas, que enseguida pasaron a engrosar la lista de paradas obligadas en el Grand Tour.

Carlos III no sólo es el Rey Arqueólogo porque pusiera los fondos para las excavaciones: visitaba los lugares y pedía informes diarios y semanales a sus asistentes.

Interés real rumbo a América

Estatua de Carlos III en el Jardín Botánico de Madrid y escultura en el yacimiento de Itálica, muy cerca de Sevilla.

A la izquierda, estatua de Carlos III en el Jardín Botánico de Madrid. A la derecha, escultura en el yacimiento de Itálica, muy cerca de Sevilla.

Los nombres de los hombres que trabajaron hasta la extenuación por avanzar en el desescombro y catalogación de Herculano, Pompeya y Estabia, el pionero Roque Joaquín de Alcubierre, que se dejó allí la piel, literalmente, y que trabajó a ciegas, creando escuela, o el de Antonio Piaggo, que inventó una máquina capaz de desenrollar los papiros acartonados por la ceniza, que muchos confundieron con piedras de lava, sonaban ya inmortales. El del consejero Tanucci, mano derecha del rey, lo hacía a caudales, imprescindibles, además del interés y el talento, para traer al mundo estos lugares Patrimonio de la Humanidad

Aunque Carlos III no ha pasado a la Historia como el ‘rey Arqueólogo’ sólo por poner los fondos necesarios para esas primeras excavaciones, cuyo modelo exportó a México. El monarca visitaba las ruinas y solicitaba informes periódicos –diarios mientras reinó en Nápoles y semanales cuando ocupó el trono español- a sus asistentes, los mejores y más preparados, piedra angular, sin duda, de su gobierno, tan gratamente recordado en Nápoles como en Madrid. Si fuéramos justos con nosotros mismos, incluso deberíamos relacionarle con las bellísimas ruinas de Itálica, cuna, al final de la Vía de la Plata, de los emperadores Trajano y Adriano; con La Granja, en Segovia, a la que dio la forma final que hoy conocemos. O con el sitio arqueológico de Palenque, en Chiapas, y la creación de la primera academia americana, la de San Carlos de las Nobles Artes de la Nueva España, fundada a imagen y semejanza de la de San Fernando de Madrid, a la que mandaba escritos y copias de esculturas clásicas y en la que potenció el estudio de los símbolos mayas y aztecas.

Museos, academias y nuevas culturas

Uno de los grandes avances de la Ilustración fue la apertura de las pinacotecas y centros de coleccionismo al gran público, hito al que contribuyó el Borbón con la creación de lugares como el Museo Ercolanese, consciente de que tan importante era sacarlas a la luz como catalogarlas, mostrarlas y escribir sobre ellas. En ese sentido, el actual Museo del Prado, Real Gabinete de Historia Natural de entonces, fue también un referente internacional. La puerta al pasado abierta por Carlos III sirvió para que estudiosos y científicos miraran más allá del mundo clásico y se fijaran en los pueblos prerromanos, desde los fenicios malagueños hasta los verracos celtas, incluyendo también el legado árabe peninsular, que encontró en La Alhambra una parada obligada.

Casi ningún recorrido por el sur de La Bota dorada evoca el nombre de Carlos III, inmortalizado por Goya como un hombre nervudo y moreno –consecuencias de su pasión cinegética- de mirada divertida y sonrisa pícara. En pocos lugares se le vincula con el desarrollo de la Arqueología en América –perdida la batalla de la propaganda frente a los altavoces anglosajones- pero quizá este año, cuando se cumplen 300 de su nacimiento, deberíamos recorrer de nuevo las sendas –geográficas y culturales- que abrió: carreteras, puentes y ferrocarriles pero también museos, publicaciones y yacimientos, posteriormente ampliadas por sus descendientes y con las que “España”, dijo Jovellanos, “se ponía al día”.

Fauno de la ciudad de Pompeya, gracias a la cual Carlos III es conocido como el Rey Arqueólogo

Fauno de la ciudad de Pompeya, gracias a la cual Carlos III es conocido como el Rey Arqueólogo.

Cuaderno de Bitácora para el viaje entre Europa y América con Carlos III 

 

Iglesia de San Francisco el Grande que Carlos III ordenó construir.

Interior de la iglesia de San Francisco el Grande de Madrid.

En Nápoles:

Dónde dormir: Palazzo Caracciolo Napoli de la colección MGallery, Accor.

Qué visitar: Pompeya y Herculano; Castillo de San Telmo; Catacumbas de San Genaro; Mº Arqueológico Nacional; Palacio de Caserta; Galería Borbónica; Mº Capodimonte.

Qué comer: pizza Margarita en la pizzería Brandi

En Itálica:

Dónde dormir: Parador de Carmona

Qué visitar: Alcázar de la Puerta de Sevilla; iglesias de St. María y de Santiago; Convento de la Purísima Concepción.

Qué comer: espinacas con garbanzos.

En Madrid:

Dónde dormir: Hotel Ibis Madrid Centro.

Qué visitar: Puerta de Alcalá; Paseo y Museo del Prado;fuentes de La Cibeles y de Neptuno; Observatorio Astronómico; Jardín Botánico, un lugar único en el mundo; El Capricho; Real Casa de Aduanas y Real Casa de Correos; Oratorio de Caballero de Gracia y Palacio del Tribunal de la Inquisición.

Qué comer: callos; tortilla de patatas; patatas bravas; caracoles.

En La Granja:

Dónde dormir: Parador de Turismo de la Granja Casa del Infante.

Qué visitar: palacio y jardines de La Granja; Mº Tapices y vidrio; Palacio de Riofrío; Pedraza; Puerto de Navacerrada.

Qué comer: cochinillo y judiones D.O.

En clave de libro: Guías visuales de El País Aguilar; Pompeya, Mary Beard (Crítica); Atlántica, Javier Negrete (Espasa Calpe). Carlos III, un gran rey reformador en Nápoles y España. Giuseppe Caridi (La Esfera de los Libros).

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