Isla Rodrigues, ahora o nunca

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Bahías con tesoros piratas y pescadores comiendo salchichas a pie de playa; colinas volcánicas y fuentes donde las mujeres lavan la ropa en barreños fosforescentes; bosques que se asoman al océano y cuevas excavadas por el mar: como Santa Marta, Isla de Pascua, San Andrés o Providencia de 10, 15, 20 años: Isla Rodrigues es el último oasis del Índico, el pasado de otros lugares convertido en presente, un secreto delicioso del que sólo se puede hablar a sotto voce.

“Por favor, no hagáis un reportaje sobre este sitio”, nos dicen, los pies desnudos, el pelo chorreando agua de mar, una pareja de catalanes en la playa Trou d`Argent, una de las 30 mejor conservadas del mundo. “Porque entonces, todo el mundo querrá venir a Rodrigues y nosotros perderemos los motivos que nos hacen pasar aquí nuestras vacaciones desde hace 3 años”. Les miramos, perplejos. Aún es pronto para entenderles. Recogen sus cascos, se ponen las chanclas, guardan las gafas y los tubos en una bolsa de loneta y se marchan, cantarines y enamorados, entre sí y de la isla, dispuestos a zumbar por ella sobre la motillo que tienen alquilada. Y nos quedamos mirando el azul intenso del agua, el desnivel casi abisal que te hace perder pie a pocos metros de la orilla, el espumillón blanco que indica dónde está la barrera de coral que rodea, como una alianza histórica, al décimo distrito de Isla Mauricio, la curiosa, algo rebelde y muy diferente Isla Rodrigues.

Comerciantes, piratas, protestantes calvinistas y un astrónomo francés.

Isla Rodrigues es la décimo distrito de Isla Mauricio
Cañones que recuerdan a los piratas en Isla Rodriguez

Un paraíso natural, un salto en el tiempo al que, durante años, sólo arribaban los marinos más capaces. Porque para alcanzar las costas de Rodrigues había (hay, si se llegar por mar) que encontrar la única canal que rompe, como si de una autopista añil se tratara, la afilada barrera de coral que rodea la isla. Durante algunos años, los comerciantes lusos y franceses se jugaron el tipo para abastecerse de agua dulce y frutas exóticas en sus travesías por el Índico.

Luego llegaron los piratas, que sí que estaban interesados en encontrar buenos escondites para sus botines. Pero los primeros habitantes de la isla fueron 7 hugonotes franceses que, liderados por un tal François Leguat, arribaron en 1691 con la firme intención de empezar de cero y a salvo de las rencillas religiosas… Aunque al final, la falta de mujeres y algunas enfermedades les hicieron regresar, sobre una balsa improvisada, hasta Isla Mauricio… Hoy, Isla Rodrigues es fundamentalmente católica. Quizá por eso uno de sus observatorios más espectaculares, en la coronilla de la capital, Port Mathurin, está presidido por una Virgen blanca y azul de mirada bondadosa. Muy cerca, en el Monte de Venus, se realizó una de las primeras observaciones del tránsito de este planeta por el sol: corría el año 1761 y el astrólogo galo Alexandre Gui- Pingre, enviado allí especialmente para la ocasión, miraba desde ese cerro uno de los cielos más limpios (todavía hoy) del mundo. Quién sabe si experimentó la misma inquietud que Justine y Claire al paso de “Melancholia” también por el astro sol, en la última película de Lars Von Trier.

Panorámica de 360 grados sobre 144 kilómetros cuadrados

Monte Limón en Isla Rodriguez
Vistas desde el Monte Limón, el punto más alto de Isla Rodrigues.

Otro monte, el Limón, casi en el centro de la isla, tapizado por un espeso bosque bajo, es el punto más alto de Rodrigues: 393 metros de roca volcánica y vistas panorámicas: granjas diminutas, carreteras alambicadas y costas diáfanas y doradas. Desde allí arriba, los 144 km2 de Rodrigues parecen mucho más amplios, casi inabarcables: al norte, Anse aux Anglais, guiño inequívoco a la presencia británica durante el tira y afloja que la pérfida Albión y Francia mantuvieron por el Índico a principios del siglo XIX; al sur, Plaine Coral, zona de mariscadores y chalecitos en tonos pastel; al este, Saint François con sus pueblos de pescadores, y al oeste, Qatre Vents, Papayes o Citron Donis, nombres tan evocadores como próximos entre sí, porque sobre la carretera es fácil comprobar que todo queda a tiro de piedra.

De playa en playa

Mercado semanal en Port Mathurin, capital de Isla Rodrigues
El mercado semanal en Port Mathurin bajo un chubasco tropical.

No da tiempo a que el bañador se seque cuando ya se ha llegado a la siguiente playa. Y eso que en algunos casos, como Trou d`Argent (por uno de esos tesoros piratas que nadie ha encontrado todavía), hay que caminar un buen trecho entre árboles y cabras, el animal más emblemático de Rodrigues, con permiso del extinguido solitario (primo del dodo mauriciano) y la reintroducida tortuga gigante, versiones seychellense y malgache, reproducida entre algodones en la reserva François Leguat, al sur de la isla. Porque otra de las características de Isla Rodrigues, además de ese ritmo cadencioso y relajado, como de anuncio tropical, es su naturaleza: hija de su aislamiento, ajena a mamíferos depredadores, incluidos gatos, perros y ratas, durante cientos de años y expoliada por los europeos (las crónicas dicen, por ejemplo, que entre 1759 y 1760 salieron de la isla hasta 11.000 tortugas gigantes) la naturaleza rodriguense vive una segunda juventud gracias a los programas de recuperación y reinserción de especies de fauna y flora.

El azul esmaltado del Índico, con sus cabrillas marinas (y terrenales) refleja el devenir tranquilo pero completo de unos días al margen de todo. Sin prisas y sin estreses parece que las horas tienen más de 60 minutos. Un balanceo dulce, casi tierno. Una pasión serena, un puñado de recuerdos llenos de sol y aire y gente sonriente y cosas sencillas. Un secreto a sotto voce. Un viaje como prolongación de otro. O como final en sí mismo. Eso ya depende de cada cual.

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