Namibia, el falso vacío de África

Reportaje de viajes sobre Namibia: cultura, Naturaleza, curiosidades.

El desierto más antiguo del mundo es sólo una pieza de ese increíble puzzle africano que hace ya un par de siglos encajó también la de la esencia del pueblo alemán. La mezcla del nomadismo tribal y la cuadratura del círculo germana han esculpido uno de los países más inolvidables y apasionantes del continente negro: Namibia, el último paisaje infinito.

A las cinco de la tarde, casi todos los campamentos de Namibia preparan el té. Las mesas de madera se llenan de tartas y sándwiches y mientras uno los tantea con la mirada, el paladar hecho agua después de un día de intensas experiencias, una pregunta va tomando cuerpo, lentamente, perezosa: ¿Cómo es posible que hagan todo esto en medio en un lugar tan lejano y aislado?

Ese es  uno de los grandes trucos de Namibia: sacar de donde no hay; construir en la nada pequeños paraísos que desbordan detalles: salones comunes que huelen a hogar, habitaciones con jacuzzi en medio de dunas infinitas, propuestas gastronómicas de primer orden entre los baobabs… ¿Será parte de la herencia que los alemanes dejaron, además de nombres como Lüderitz, la sombra de la violencia étnica, las iglesias luteranas y las charcuterías bávaras que salpican las calles de Windhoek, la capital de la república? Ese contraste entre las construcciones centroeuropeas y los paisajes africanos contribuye a crear un ambiente de chistera surrealista: pingüinos, leones, cuentas y telas de colores y cerveza con salchichas blancas. Namibia, antigua colonia alemana… Y eso que fueron los portugueses los que pusieron el primer pie europeo en sus temibles, ricas y extrañas costas. Cape Cross se llama así, precisamente, por la cruz que allí dejó Diego Lao, como testigo mudo y ciego de una hazaña que de poco le valió, cuando holló las playas de ese gigante colorado que hoy conocemos como Namibia…

Entre el desierto y el mar, esqueletos marineros

Namibia, la hija del Namib, que en lengua nama significa ‘enorme’, engulle al desierto más antiguo del mundo (80.000 kilómetros cuadrados, más de 80 millones de años), cuajado de montañas de arena, praderas de piedra y grava y cimientos de valiosos minerales. Un conjunto que ni está vacío ni en silencio y que va a morir en los brazos de la corriente atlántica de Benguela, culpable de que esas aguas sean tan ricas en pesca… Y en tesoros, porque frente a las costas de Namibia el naufragio estaba prácticamente asegurado, incluso para los marinos más bregados en viajes transoceánicos, por culpa de las espesas y sempiternas nieblas que nacen del mismo vientre, fecundo y pródigo, que es ese flujo salino de temperatura dispar.

Pero lo peor no era perecer entre las olas y los tiburones. Peor era alcanzar la costa desnuda, batida por los vientos y expediciones leoninas llenas de hambre. Peor incluso debía ser romper la primera línea de dunas y confirmar que el mundo se expande en un horizonte infinitamente desolado… Por eso, a ese trocito marinero de Namibia se le conoce también como la Costa de los Esqueletos.

El crujido de las mandarinas: salvaje excentricidad

Pero hoy en día, sin haber sido domado ni reducido, el del Namib es un desierto del que se puede disfrutar. A ras de suelo, con caminatas o descensos, a pie o sobre tablas especiales, por las dunas de arena gorda y naranja. Desde el aire, en globo o, para quienes no pueden desenredar los días conduciendo por su cuenta, en avioneta, la manera más rápida de recortar distancias y la única perspectiva desde la que entender las dimensiones y la mentalidad de un país tan salvajemente especial. No tiene las grandes ciudades de su vecino del sur, Sudáfrica, ni los exuberantes canales de Botswana; carece de la estela cinematográfica de Kenia o de las playas tropicales de Tanzania pero su valor radica en la sencillez de su paisaje, sus contrastes, la seguridad de la que todavía goza y las puertas y ventanas que tiene abiertas a la imaginación, la improvisación y la sorpresa.

¿En cuántos lugares del mundo cada amanecer es de un color diferente? En Namibia los hay azules, dorados, lilas, mandarina… Igual que los atardeceres, crujientes a los pies de la Duna 45 -una de las más altas del país-, dulces y maleables en el Parque Nacional de Etosha, el único lugar que un occidental puede asociar con una imagen tópica de África, (si es que un continente se puede reducir a una instantánea), y palpitantes si coinciden con una visita a Windhoek o un safari entre rinocerontes por la reserva- spa de Goche Ganas.

Correr detrás de un sueño a contrarreloj

Pero Namibia es, sobre todo, un estado de ánimo, una emoción suspendida en el aire transparente de sus paisajes, muy parecida a las burbujas de colores en las que se convierten los globos aerostáticos que lo sobrevuelan para dar los buenos días al sol: delicada, efímera, inimaginable hasta que, por arte de avión y a golpe de kilómetro, se hace realidad. Por eso, el te de las cinco debería convertirse en una experiencia eterna y las piscinas de Sossuvlei, con los antílopes en lontananza, se convierten en una postal que da miedo desgastar. Y por eso también, cuando el ranger británico de Etosha –que huyó para siempre de la lluvia de Londres-  te pide que camines entre acacias para sentirte más cerca de los últimos rinocerontes negros, todo parece -todo es- posible. Ni siquiera un aterrizaje forzoso se convierte en un drama, sino en parte de la aventura. Y a medida que pasan los días, la conciencia de que nada debería parar pero que todo tendrá un fin alimenta una pasión inexplicable por un país al que ya estás queriendo regresar antes de haberlo dejado.

Y aunque Namibia sea uno de los países con menor densidad de población del mundo, también guarda un cajón de sastre cultural, tan repartido como variado: los ovambos, quizá lo más europeizados, los kavangos, famosos por sus trabajos en madera, los hereros, los nama, los caprivi, los damaras, de origen incierto y un peculiar idioma a base de chasquidos de lengua, y los bosquimanos y los himbas, quizá los más amenazados por los cambios políticos, sociales, económicos y climáticos. Todos ellos son también el silencio y el desierto, la tradición y el futuro de un país que marca un antes y un después en cualquier trayectoria viajera.

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5 comentarios
  1. ¡Un reportaje precioso! Un gran ejemplo de como hacer atrayente un lugar que, a simple vista, parece desolador y tremendamente solitario. Un sin fin de sensaciones plasmadas a través de una redacción impactante. Enhorabuena 🙂

  2. Sin duda el desierto de Namibia es uno de los lugares más especiales en los que he estado. Ver amanecer a lomos de la duna 45 es inolvidable. Os dejo aquí mi experiencia para ver si la gente se anima a viajar a Namibia y pisar la arena más antigua del mundo. Viajamos los dos solos en un 4×4 con una tienda de campaña en el techo y es un modo genial de descubrir el país y mezclarte más con la gente local

    http://wp.me/p2dhYz-1E

    Saludos
    patricia

  3. Hola De Ilusión a Recuerdo,
    Muchas gracias por leer nuestro reportaje y por compartir vuestras experiencias namibias. ¡Preciosas fotos! Si los viajes son experiencias que llenan los sentidos y el espíritu, Namibia es la tierra ideal para que todos rebosen… Conducir por tu cuenta o dormir mirando las estrellas son opciones en las que se ahorra presupuesto pero también posibilidades cada vez más difíciles de encontrar, dentro y fuera del continente africano. Un abrazo y… ¡Hasta pronto!

  4. Hola Xprime viajes!

    Muchas gracias por leer el reportaje y dejarnos tu comentario… ¡No es Bali pero casi gana en el comparativo! 😀 Un abrazo y felices viajes también para tí.

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