Tanzania, un alud de provocaciones

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Cuando la vida entra por los sentidos, a raudales y sin permiso, sólo queda enredarse en sus brazos y dejarse llevar. En Tanzania no queda otra. Puro, contradictorio, repleto de contrastes, el mayor país de África oriental es, todavía, un reto, un sueño que conjuga, como ningún otro, naturaleza, Historia y romanticismo. El corazón acuático del continente negro es un tatuaje de emociones insuperables, un lugar al que parece imposible no querer regresar.

A Paul le encantan los vídeos de naturaleza del canal National Geographic. Y mientras te lo cuenta, ampliando hasta lo imposible una sonrisa franca, de hombre en paz consigo mismo, miras por la ventanilla y ves, en primer plano, un rebaño de cebras, un escorzo elefantiásico más al fondo y cientos de sombras flamencas aterrizando sobre el agua rizosa del Lago Magadi, en el centro del cráter volcánico del Ngorongoro, esa olla edénica en la que Noé sigue refugiando especies de todo tipo… ¿Qué hace Paul en su tiempo libre viendo documentales de vida salvaje si vive en uno?

Aunque la vida en Arusha o Dar Es Salam, la antigua capital, de sombra (todavía) más alargada que la oficial, Dodoma, poco o nada tiene que ver con la de los parques nacionales: hectáreas de planicies imperturbables, de montañas desafiantes y selvas casi vírgenes. Amarillo, blanco, verde, rojo; polvo, nieve, humedad… Y el azul salado de la costa, la continental y la de las islas de Zanzíbar, Pemba y Mafia, antiguos paraísos esclavistas reconvertidos en santuarios de sol, playa, buceo… E Historia: porque el rastro de Burton y Speke, Stanley y Livingstone sigue fresco en sus playas y sus esquinas. No en vano ésta fue la más conocida, transitada y floreciente puerta del África oriental.  

¿Sabías que Tanzania fue la piedra angular de la Deutsch Ostafrika, la aventura colonial alemana, que comenzó en 1891 y terminó tras la I Guerra Mundial?

La seducción de los sentidos

Los grandes exploradores decimonónicos tienen mucha (¿toda?) culpa de que el embrujo africano siga vivito y coleando. Aunque los mapas ya están trazados, los lagos bautizados y las montañas escaladas, hacer kilómetros a lomos de un 4×4, olisqueando el aire, dulzón y empolvado de rojo, y entrenando la mirada para otear la piel moteada de un guepardo o la melena despeinada de un león soñoliento sigue siendo –salvaje, infantilmente- emocionante. Como los colores del cielo al atardecer. O los sonidos que levantan los párpados de buena mañana en el Serengeti. Como el olor de la tierra mojada, más intenso, potente y penetrante que en cualquier otro lugar del mundo. Garabatos sensoriales que hiper-estimulan los sentidos con un alud de provocaciones primigenias que no disminuye, al contrario, con el paso de los días. África mágica pese, o además de, su cara sombría.

No todo es Serengeti en Tanzania

Pero los estampados salvajes y las cornamentas al viento dejan siempre espacio al andar elástico de los pastores masaais, envueltos en sus mantas pseudo- escocesas, rodeados de cabras huesudas y fieras leyendas. Porque fueron ellos los que se enfrentaron a muerte a las caravanas esclavistas que hicieron su agosto hasta bien entrado el siglo XIX. Y ellos los que, al final, vieron sus territorios divididos en y entre países distintos, antes y después de la Primera Guerra Mundial: Kenia para Inglaterra, Tanzania para Alemania… Una baraja colonial que se fue mezclando al mismo tiempo que se rellenaban atlas y libros de aventura. Con la salvación de las almas también en juego.

Si en Tanzania el Kilimanjaro parece arrodillarse al caer la noche  para observar con detenimiento la Vía Láctea, en Kenia se parapeta tras una interminable moqueta verde, como si el gesto que tuvo la Reina Victoria de Inglaterra al regalarlo a su pariente cuando se repartían con tiralíneas el continente, hubiera enemistado al volcán con la que, en principio, iba a ser su tierra patria.

De la montaña blanca a la costa negra

Puede que el mejor símbolo tanzano de esa mezcla de intereses personales, nacionales y divinos sea el Kilimanjaro: regalado por la reina Victoria de Inglaterra a su nieto, el Káiser Guillermo, el techo de África (5.895 metros) fue descubierto para los ojos blancos por los misioneros alemanes Rebmann y Krapf. Una montaña deificada por las tradiciones tribales que forman parte de una historia en la que también se trenzan otro puñado de pinceladas culturales con, sobre todo en la costa, ell hilo denso del Islam, tropicalizado con garbo gracias al sultán Seyyid Said, el León de Omán, que trasladó su capital de Arabia a Zanzíbar en 1832. 

Porque aunque hoy no lo parezca, la costa swahili, el territorio Zenj, el de los hombres negros, fue durante siglos el carrefour del comercio internacional y una imparable máquina registradora. A golpe de monzón, desde aquí partían naves repletas de marfil, oro, cuernos de rinocerontes, especias y… Seres humanos, el comercio más lucrativo de todos hasta bien entrado el siglo XIX. Paradójicamente, aquí tuvo su segunda residencia uno de los hombres que más luchó por abolirlo, David Livingstone, ‘perdido’, con bastante voluntariedad, en Ujiji, lo más profundo de la Tanzania continental, para mayor gloria del periodista Stanley.

Quizá la excusa del viajero contemporáneo sea menos loable y arriesgada. Pero no hay duda de que el resultado se parece: que los caminos no terminen o permitan regresar para seguir buscando lo que cada corazón indómito todavía anhela… Que puede no ser otra cosa que otra puesta de sol reventada de emociones a flor de piel.

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