Roppongi Hills y el observatorio del Ayuntamiento de Tokio son dos de los lugares con las mejores vistas de la capital de Japón

Gambare nippon! ¡Animo, Japón!

Impresiones y recomendaciones de lugares de interés para un viaje a Tokio.

Pensábamos cambiar nuestro destino después del terremoto de marzo pero luego nos dijimos, ¿qué mejor momento para mostrar nuestro respeto y admiración por este país? Japón es un imprescindible en la maleta de cualquier viajero: por su Historia, por su cultura, por su gastronomía, por su gente. ¡Imposible abarcarlo todo en tan pocas páginas! Tokio es la mejor puerta grande por la que entrar en su compleja realidad.

El órdago de Tokio al aterrizar

Superada la primera falta de aliento y el desfase horario, Tokio lanza su órdago: ¿quién da más? ¿Ella o tú? Su apariencia hermética esconde una realidad esponjosa y cálida, la de sus mañanas empañadas de futuro; palpitante y silenciosa, la de sus avenidas y jardines. Única, exigente, rompedora, diferente, la capital de Japón no es un destino sencillo pero sí inolvidable. Tokio es una ciudad de emociones y de impactos sensoriales y culturales inmediatos. En el carrete de la memoria las imágenes se suceden a toda velocidad: gente-jardines-pescadocrudo-rascacielos-trafico-metro-sueño-fideos-paradojas-tendencia-sintoísmo-dibujosmanga… Entre los lugares de Tokio que más hondas impresiones te dejan, destaca el plano casi cenital del cruce más transitado del mundo, el de Shibuya, desde el Starbucks Coffee Shibuya Cross Tower; el gris emplomado de una tarde lluviosa alrededor del marco rojo de una puerta sagrada o torii; Shinjuku en hora punta y sus miles de ejecutivos en blanco y negro; fuegos  artificiales en Shinozaki Park y una marabunta con kimonos estampados y sandalias de madera, toc, toc, toc; los atunes de Tsukiji; un entrenamiento de summo repleto de murmullos; el skyline desde la Isla de Odaiba y las luces de colores de los rascacielos encendiéndose, en abierta competencia con la Gran Manzana…

Los parques y jardines de  Tokio son también un buen lugar para disfrutar del Hanami, el festival de los cerezos en flor.

Para y coge aire, una y mil veces cuando estés en Tokio y vuelve a lanzarte a las calles, porque la mejor manera de conquistar la capital de Japón es empaparse de ella, devorar cada acera, cada museo, cada edificio, cada esquina, cada sala de pachinko y cada plato de soba y tonkatsu que se te ponga por delante. Con sentido del humor, ganas, curiosidad y capacidad de improvisación.

Y por el estómago nos conquistarán

La ventaja de Tokio es que no deja a nadie indiferente. El inconveniente, que puede sobrepasar las posibilidades de muchos ‘narizotas’, (apodo con el que popularmente nos conocen en Asia), incapaces de lidiar con los ideogramas, las huidas de los ciudadanos más tímidos o las recetas locales, mucho más variadas y económicas de lo que pensamos en Occidente.

El sushi es sólo una pequeña parte de la sabrosa mesa nipona. Y conocer la ciudad, y por extensión el país, obliga a probarlo todo, incluso a la hora del desayuno; no sólo por los sabores y las texturas, si no por la fiesta en la que se convierte cada sentada y la ventanita que abre al mundo real de los tokiotas, maravillados de compartir barra con alguien que se atreve a pedir azúcar (sato) para digerir su té algoso (ocha). Por cierto, normalmente no tienen, pero a veces no lo sirven porque es como si aquí se añadiera vinagre al vino.

Un barrio, una realidad y algunos falsos tópicos

Pero como la cultura japonesa es tan particular,  el ‘no’ jamás se verbaliza; se simboliza con los brazos cruzados, en una ‘equis’ gigante, y una pequeña inclinación. Algunas personas mayores pueden bloquearse ante un extranjero pero los jóvenes aprovechan para practicar idiomas y compartir experiencias.

Asakusa es uno de los lugares de interés de Tokio que no debes perderte en tu viaje a Japón
Asakusa es uno de los barrios más visitados de Tokio

A caballo entre la tradición y la vanguardia más audaz, la nuevas generaciones niponas hacen de puente entre las dos caras de Tokio, igual de sorprendidas por los tiempos que corren: la que se encaja en las calles de Asakusa (reminiscencia de los tiempos antiguos en los que Japón era conocido como Edo) y la que se reinventa a sí misma en los barrios de Odaiba o Harajuku, donde las tribus urbanas más rompedoras se enamoran de sí mismas antes las cámaras –inversión de papeles- de los occidentales.

En Ginza triunfan las bandadas de chicas sofisticadas, las boutiques de lujo y el Kabuki-za, templo de ese arte milenario tan difícil de aprehender, igual que la legendaria belleza de las geishas de Kyoto para los occidentales.

Algo parecido sucede con el sumo, pasión nacional y espectáculo imprescindible en Tokio. El tópico de la fuerza bruta queda hecho añicos durante una sesión de entrenamiento en una heya o durante un torneo en el Shin- Kokugikan, el estadio nacional. La lectura espiritual de este deporte es tan importante como los contratos multimillonarios de sus estrellas o las recetas especiales con las que se alimentan: ollas proteínicas con un poco-de-todo y para-todos-los-gustos conocidas como chanko-nabe.

Otro típico tópico que salta por los aires Tokio es el de la antigüedad; en tradiciones, rituales y costumbres, sí; en edificios o monumentos, menos, porque su pasado belicista y las sacudidas geológicas los han derribado. Así que la capital japonesa es como una mujer madura adicta a la cirugía estética: sabia y curtida por dentro pero sin arrugas por fuera. Por eso, es posible encontrar templos centenarios, (Kiyumiza Kanon), junto a guiños vanguardistas como la pecera gigantesca y callejera del Edificio Sony, o ambientes cuajados de incienso alrededor de Senso-ji y la última tecnología portátil entre sus más de 20 millones de visitantes anuales.

Tokio será la sede de los Juegos Olímpicos de 2020, un proyecto en el que competía con ciudades como Madrid

Un pulso urbano apto para aventureros

Al final, como en tantas otras cosas, el idioma juega un papel fundamental. Y el japonés es tan delicado, tan complejo y tan sutil, aunque fonéticamente no lo parezca, que perfila una visión del mundo llena de matices. Belleza, fealdad, arte, religión, trabajo, vida, muerte… Las ideas pesadas allí no se parecen en nada a las de aquí, aunque las modas hayan trasladado algunos conceptos básicos, como los del sushi o el jamón de bellota.

Para disfrutar Tokio hay que tolerar y asumir esas diferencias; reírse sobre la almohada de arroz en un ryokan, quedarse a remojo en las piscinas de un onsen, elegir el menú en el escaparate de un restaurante (¿en qué otro país del mundo pondrían ejemplos de los platos que se pueden degustar para que los extranjeros sólo tengan que señalarlos con el dedo?) o aprender en qué fila del andén es conveniente esperar al metro para bajarse próximos a la salida en la estación de llegada.

El cruce de Shibuya en Tokio tiene el paso de cebra más grande del mundo

Porque Tokio absorbe, obnubila, reta, engulle y para aguantarla el pulso hay que seguirla el ritmo: callejear, probar, entrar, salir, interpretar, comprar pequeñas cosas que allí adquieren un nuevo significado o amontonar platos de colores (cada uno indica un precio) en un kaiten sushi, restaurante especializado en sushis donde la barra gira y gira mientras los parroquianos eligen el menú… Hasta que, en el mejor de los casos, el corazón y el cuerpo se quedan exhaustos pero satisfechos.

Imposible dar más.

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