Noruega, aventureros expresionistas en son de paz

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Enero es uno de los meses más rumbosos en la Tierra de los hombres del norte. Svalbard y Tromso, la capital del norte, en territorio sami, bailan a ritmo de jazz, aunque no desnudas, bajo las auroras boreales. Pero este año, además, Noruega empieza a celebrar el 150 aniversario de su pintor más famoso, Edvard Munch. ¿Serán las circunstancias las más propicias para que su Grito vuelva a ser el símbolo de una época

Hacer del frío un arte, un símbolo internacional, tiene su miga. Y Noruega lo ha conseguido. Aunque resulta paradójico que cuando medio mundo les considera el paradigma del desarrollo, el respeto medioambiental y la lucha por la paz, ellos sigan empeñados en mirar fuera, más allá de sus fronteras, como si las suyas, tan holgadas y variadas, les apretaran demasiado. O como si su patrimonio viajero, considerado por muchos el más bello del mundo, no fuera suficiente para calmar la sed de aventuras.

Aprendiendo de los errores

Noruega es uno de los pocos países que ha decidido aprender de sus cicatrices. Porque ahí siguen, para quien quiera verlas y, así, valorar más todavía lo que, a partir de ellas, se ha ido esculpiendo en la pared transparente de los glaciares, en el perfil imperecedero de los fiordos y la arena pálida de las playas, que, como los trolls, haberlas haílas: décadas de guerra; hambrunas; generaciones consagradas al mar y a un campo desagradecido; presiones extranjeras, invasiones bélicas pese a la neutralidad oficial, reconstrucciones, y depresiones económicas. No ha sido un camino de rosas. Pero sobre las piedras de la Historia se ha ido forjando un carácter que haría temblar a los mismísimos Thor y Odín: no hay intemperie que doblegue a los noruegos, ni circunstancia que les impida avanzar. Han sido adalides de los derechos femeninos, de la paz en el mundo, de la salud medioambiental del planeta y de las artes. ¿No es Ibsen el padre del teatro contemporáneo? Y Munch el precursor del expresionismo que, como tantos otros creadores, pasó de ser denostado a estampar con sus pinturas más angustiosas las tazas del desayuno y los pechos de medio mundo.

Vikingos, viajeros sin cuernos

Pero no sólo de ansiedad vivió Edvard Munch, tan sensible como precoz. También retrató con delicadeza la vida marinera y rural de los alrededores de Oslo y viajó, por París y Berlín, como sus paisanos de todos los tiempos. Los vikingos, que no llevaban cuernos en los cascos aunque daban tanto miedo que se los adjudicaron por su furia demoníaca, dejaron una impronta nómada difícil de resolver al calor de la lumbre; como si las aventuras que se pueden vivir a caballo entre el Ártico y las montañas de Jotunheimen no fuera consuelo para sus hijos que, inspirándose quizá en las sagas pre-tolkenianas y las aventuras de Erik el Rojo y su hijo Leif Eiriksson, han ido de aquí para allá, llenando los libros de exploración propios y ajenos: Fridtjof Nansen, la primera persona que cruzó Groenlandia, era noruego, igual que Roald Amundsen, descubridor del Paso del Noroeste, y el primero en alcanzar el Polo Sur. Y Thor Heyerdahl, el empecinado navegante que lo mismo se embarcaba en un barco de juncos que en otro de papiro, nació en Oslo.

Quizá Munch nos ponga en lienzo la oportunidad de darle una vuelta a un país que puede maridar como ningún otro el blanco polar, el rojo sami y el azul de una costa inabarcable. 

Y al contrario de lo que sucede en otros lugares, aquí son respetados y admirados, así que sus museos, el Vikingskipshuset, y el Kon Tiki, son lugares de peregrinaje, que, de paso, sirven para recorrer el Oslofjorden, el primer fiordo de una tierra arañada por cientos, miles, de brazos emparedados. Sobre él, uno de los edificios más veteranos de la antigua Cristiania, la fortaleza de Akershujslott, supervivientes de incendios y guerras a pesar de su estructura de madera. Aunque para emblemas medievales, la cercana ciudad de Tonsberg, de donde partió la princesa Cristina en 1257 para casarse con el infante Felipe de Castilla, hermano de Alfonso X el Sabio.

Mentiras geográficas

Por aquel entonces, la ciudad fundamental del incipiente reino nórdico era Tromso, la París del Norte, el sueño de todo Erasmus que quede y quiera poner kilómetros de por medio y campamento base para quienes sueñan con conquistar los puntos geográficos extremos del planeta… Aunque a veces sean engañosos: porque el Cabo Norte es una isla, no un trozo de tierra continental, aunque no por ello pierde la gracia o su consideración de punto más septentrional de Europa.

Pero Noruega no es sólo frío y nieve, auroras boreales y esquí, aunque decir eso suponga corregir al mismísimo Herodoto, que consideró que no había nada que contar de esas tierras porque era imposible ver a un palmo de distancia por culpa de una “lluvia” constante de “plumas blancas”. Las visiones mediterráneas de la Ultima Thule deberían avanzar igual que reclaman para sí el sobreseimiento del ‘sol-y-playa’. Y quizá Munch nos ponga en lienzo la oportunidad de darle una vuelta a un país que, según el ángulo desde el que se mire, puede maridar como ningún otro el blanco polar, el rojo sami y el azul intenso de una costa inabarcable.

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