El náufrago de la Gran Armada, más que la épica historia de Francisco de Cuéllar

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El último de los libros de Fernando Martínez Laínez utiliza la historia de Francisco de Cuéllar, superviviente del desastre de la Gran Armada, para analizar la realidad política de la Europa del siglo XVI.

“La descoordinación nos ha matado- reflexioné en voz alta.”

Portada de El náufrago de la Gran Armada de Fernando Martínez Laínez y Ediciones BAmbiciosa, compleja, pausada, la última novela de Fernando Martínez Laínez, El náufrago de la Gran Armada (Ediciones B) es mucho más que una novela épica sobre la azarosa vida de Francisco de Cuéllar, lo que hace pensar que el marketing editorial le hace en realidad un flaco favor. Quizá el aspecto positivo de que se presente como una novela de aventura sea que los lectores avezados se encuentran con algo más bello y complejo, más profundo y trascendente que la vuelta a casa de un militar español desde las complicadas costas irlandesas, lo que tampoco es moco de pavo teniendo en cuenta la gran cantidad de adversidades y enemigos a los que tuvo que enfrentarse, como el resto de compañeros, la mayoría de los cuales corrieron la peor de las suertes.

El náufrago de la Gran Armada es un libro que exige tiempo, paciencia y atención pero que proporciona una visión privilegiada de una realidad, todavía hoy, esencial; por las aclaraciones que proporciona, los mitos que desmonta y las pistas que proporciona sobre los años siguientes.

Porque la historia de Cuéllar es la de un superviviente que antes de escapar de Irlanda, tras los naufragios de la Gran Armada, lo hizo de una condena a la pena capital y de las guerras en Portugal, Brasil y las Azores. Su hazaña, y su papel en el espionaje español, son una excusa -en fondo y forma- para analizar la compleja y fascinante realidad política del reinado de Felipe II y del resto de países europeos del entorno, Francia, Portugal, Flandes, y, muy especialmente, la Inglaterra isabelina, adversaria del Austria en todos los frentes: el de la mar, a cuyo favor jugaron todos los imprevistos; el de la tierra, donde sus esbirros persiguieron, torturaron, robaron y ejecutaron, saltándose cualquier norma de la guerra, a los españoles supervivientes y los irlandeses que les protegían, y en la más abstracta dimensión diplomática, donde ambos gobiernos compitieron por pagar, quizá no más, dada la popular tacañería de la reina inglesa, pero sí a los mejores espías del momento.

“Contra lo que luego los ingleses propalaron, el desastre de la Armada no les hizo dueños de los mares, y España se recuperó muy pronto del desastre (…) También es erróneo lo que se ha dicho, que la flota inglesa era muy inferior en número de barcos y cañones a la española”.

El decorado de El Náufrago de la Gran Armada se va dibujando lentamente a base de cartas, documentos y notas manuscritas que los afectados redactaban y se enviaban con órdenes de todo tipo: operaciones militares, peticiones, órdenes políticas, códigos secretos y delaciones sin fin. Punto y aparte merecen los muy mencionados documentos que Antonio Pérez robó y vendió a los enemigos de España, base sobre la que construyó esa leyenda negra que ha calado, incluso, entre los propios españoles. “La Edad Media terminó (dice Walshingham, jefe del espionaje británico) pero estos españoles no se han enterado (…) Les falta sutileza; en la guerra y en la paz”. El marketing ya hacía más daño que cualquier arcabuz y hombres como él lo aprovechaban al máximo.

La exhaustiva documentación que Martínez Laínez maneja, y que en muchas ocasiones nos ha hecho recordar la pasión náutica de Arturo Pérez Reverte -otro entusiasta de la carta de Cuéllar-  y que plantea hábilmente, sirve para que, ¡por fin!, conozcamos el objetivo fundamental de la Gran Armada y su azarosa trayectoria, desmontando mitos infundados y arrojando una luz imprescindible, y llena de matices, tantos como los que conforman la realidad de entonces y ahora. Pero ese viaje náutico no es el único hilo argumental de El náufrago de la Gran Armada.

De fondo, la disección de la compleja psicología de Felipe II y el de uno de los episodios más negros de su reinado, llevado al cine por Antonio del Real bajo el título La Conjura de El Escorial, en el que su antiguo secretario personal, Antonio López, teje una red de falsedades e intereses en la que también participa la retorcida Princesa de Éboli y que afecta incluso a Don Juan de Austria.

Aunque al final el detalle y la exactitud se agradecen, algunos pasajes resultan un poco repetitivos, como cuando el relato textual de Cuéllar vuelve a relatarse en un lenguaje más actual. Y si siempre echamos de menos los mapas, en esta ocasión hay que agradecer su inclusión, al final de la novela, junto al resumen de los personajes principales. Hubiera sido interesante conocer las fuentes bibliográficas utilizadas o referencias de interés, como los fondos del Museo Naval de Madrid.

Qué: El náufrago de la Gran Armada, de Fernando Martínez Laínez.

Quién: Ediciones B

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