La vida después de Auschwitz

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¿Qué sucedió con los supervivientes del Holocausto? ¿Cómo pudieron seguir adelante? Eva Schloss cuenta su historia tras sobrevivir a Auschwitz.

Eva Schloss, una niña austriaca de religión judía, sobrevivió, junto a su madre, al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau y, por azares de la vida, se convirtió en hermanastra póstuma de Margot y Ana Frank, cuya historia se hizo famosa gracias al Diario que escribió mientras estaba escondida en Amsterdam. 




La historia de Eva Schloss y su familia es también la de una generación extraordinaria, capaz de levantar un continente desvastado a pesar de haber sobrevivido a la tortura, la persecución, el hambre y la enfermedad. Quizá por eso, aunque sólo sea por eso, merece la pena leer su novela, Después de Auschwitz, este año, cuando se conmemora el 75 aniversario DESPUES-AUSCHWITZ-EVA-SCHLOSS-PLANETAdel final de la Segunda Guerra Mundial. Pero no sólo. Porque además del repaso al contexto previo y posterior, Eva Schloss responde a preguntas que muchas personas nos hemos hecho sobre los supervivientes de los campos de concentración… ¿Cómo puede uno retomar la vida, si no en el mismo punto en el que la dejó, al menos en otro parecido? ¿Cómo puede tener hijos una persona que ha visto el mal tan de cerca, que ha vivido en carne propia la oscuridad más absoluta? Aunque cada persona tendrá una respuesta, una causa, una razón, un método, los argumentos y situaciones que Eva Schloss plantea en “Después de Auschwitz” serán, seguro, comunes a muchos de ellos; cada vez menos, de ahí su obsesión por dejar un mensaje que les sobreviva, que puedan recoger y hacer suyos las siguientes generaciones. Porque otra de las dimensiones que engrandecen este libro es la intención de universalizar la estigmatización, que sigue afectando a muchos colectivos en todo el mundo, Europa incluida.

“En aquel momento decidí no ser jamás una víctima, pasara lo que pasara. Nunca me permitiría tener esa mentalidad; era casi como aceptar el papel de inútiles totales que los nazis habían querido inculcarnos. Yo no era inútil. Yo era una superviviente.”

El planteamiento de la novela es personal y, por eso, muy humano. Alejado totalmente de lo políticamente correcto. Claro y contundente cuando debe serlo, sin ‘buenismos’. Y eso, en una época en la que todas las opiniones se caramelizan, se agradece mucho, esté uno de acuerdo o con con determinados planteamientos relacionados con, por ejemplo, la política del estado de Israel o los matrimonios con gentiles.

Eva Schloss también plantea, con sencillez y franqueza, las angustias y los traumas, el egoísmo adolescente y sus distintas obsesiones, la alegría y la capacidad de superación, a través de ella misma, de su madre y de Otto Frank, el padre de Margot y Ana, la autora del famoso Diario de Ana Frank a partir del cual se creó una Fundación todavía activa a nivel internacional, y que terminó siendo el padrastro de Eva Schloss.

La de Otto y de la de Eva fueron las dos generaciones que afrontaron la segunda Guerra Mundial y sus consecuencias como pudieron, independientemente de si se quedaron en Europa o si emigraron a otros países. Muchas personas de cualquiera de ellas desarrollaron enfermedades mentales y otras tardaron décadas en poder expresar lo sucedido y, de alguna manera, asumirlo como parte de su vida, para sorpresa de parejas, hijos e, incluso, nietos. Ahora lo llamarán bloqueo postraumático pero entonces no había ni un precedente ni un servicio social o de salud al que acudir y Eva Schloss aborda también esta dimensión oculta de las consecuencias de ser un superviviente de la Segunda Guerra Mundial y de los campos de concentración nazis.

Parece mentira que ya haya generaciones a las que nada de todo esto les resulta cercano, sobre todo cuando las persecuciones aún se justifican por motivos de raza, religión, identidad sexual o ideología. Además, Europa sigue enfrentando movimientos migratorios masivos como consecuencia de conflictos armados en distintos puntos de su geografía y de los países próximos, una circunstancia que Schloss refiere, recordando que al terminar la Segunda Guerra Mundial, “Europa era un continente sumido en el caos que soportaba el mayor trasiego de desplazados jamás visto en el mundo. Hubo veinte millones de personas en tránsito para volver a sus casa (…) Millones de condenados a trabajos forzados, así como cantidades inmensas de personas que huían de la devastación del frente oriental, gente de etnia alemana que había salido corriendo ante el avance del ejército soviético (…) y hasta cuatro millones de alemanas en calidad de refugiados desplazados dentro de su propio país. Y eso sin tener en cuenta siquiera las fuerzas aliadas y la gran cantidad de soldados alemanas que se rindieron.”

Testimonios como el de Eva Schloss deben seguir vivos. Nos hablan nuestros abuelos, nadie más lejano, en realidad. Y su legado es nuestra herencia, nuestra responsabilidad. Ahora somos nosotros los que debemos mantener viva la reflexión y la denuncia, la memoria de quienes, a pesar de todo, nos dieron gran parte de lo que hoy damos por hecho. Que no se rompa la cadena, como le decía, aunque en otro contexto, su padre.

Qué: Después de Auschwitz, de Eva Schloss.

Quién: Planeta.

 

 

 

 

 

 

 

 

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