Hong Kong, sin estrabismos

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No hay láser fosforescente que ilumine con más potencia que cualquiera de los farolillos de papel con los que Hong Kong celebrará su festival de otoño, inspirado en los antiguos ciclos chinos de la cosecha. Y es que su especial sistema económico ampara un curioso reducto cultural y gastronómico, tan práctico en lo trascendental como pintoresco en lo mundano. Con permiso de sus playas y sus parques naturales, el trazado urbano es una aventura de cifras aparentemente irreconciliables. Porque, ¿cómo se meten 10.000 restaurantes, 24 museos y 7 millones de personas en 1.102 kilómetros cuadrados? Pocas palabras y muchas cifras para resumir qué ver y qué hacer al viajar a Hong Kong.

Desde lo alto del Pico Victoria, el perfil esbelto de la ciudad se disuelve en oleadas de humedad coloreada y densa, la misma que tatúa la piel con lo que, nada más cruzar el umbral, casi bajo cero, de cualquiera de sus rascacielos -4 de los 15 más altos del mundo están aquí-, se convierte en una delicada capa de escarcha; Asia en carne… Viva y esponjosa y Hong Kong a vista de pájaro, un poco bisojo quizá, porque ni la de las alturas es su única realidad ni el futurismo su única característica, por mucho que les pese a las inmobiliarias empeñadas en revalorizar, reinventando hacia lo alto, cada disputado centímetro cuadrado de esta región administrativa especial que, junto a Macao, sirvió al Partido Comunista chino – Den Xiapoing dixit– para inventar el lema ‘un país, dos sistemas’ tras el periodo de Mao Zedong en el Comunismo chino.

Ora et labora

El antiguo “puerto fragante” de pescadores y piratas poco o nada tiene que ver con la isla estéril, casi deshabitada, que la Dinastía Qing cedió a Gran Bretaña después de perder la primera Guerra del Opio. Entre los comerciantes europeos y los inmigrantes asiáticos, y a pesar del lapsus nipón durante la Segunda Guerra Mundial, de la nada surgió una de las bases capitalistas más sólidas del mundo, con la segunda Bolsa más importante de aquel continente y el undécimo referente mundial en lo que a volumen de operaciones bancarias se refiere.

No es british todo lo que reluce

La Casa del Gobierno, el Club de Corresponsales o la Catedral de San Juan son el recuerdo pétreo de que aquí, hasta no hace tanto (1991), reinaba una tal Isabel y que Beijing quedaba a años luz de distancia. Algunas esquinas, en algunos momentos, son, incluso, auténticas lanzaderas a ese pasado de té, ginebra y libras esterlinas y uno se siente parte, casi como en el Bund de Shanghai, de una película clásica colonial, no de artes marciales que fueron, son, las que, con Bruce Lee y Jackie Chan a la cabeza, han hecho de Hong Kong la tercera meca mundial del cine, por detrás, claro, de Hollywood y Mumbai.

En los márgenes de las finanzas y el lujo se mueven los motores de la tradición china, siempre práctica y ágil, colorada, sabrosa y superviviente de las purgas ultraizquierdistas que acabaron con casi toda ella en el resto del país. Los mercados, las tiendas y los templos budistas y taoístas (las dos religiones principales en el berenjenal de creencias al que incluso se apuntaron los nestorianos sirios) son también la Cara B de un universo complejo e insomne, casi imposible de adivinar desde lo alto de los rascacielos o desde Tsim Sha Tsui Promenade, el corazón acelerado de la modernidad hongkonesa. El poco espacio físico, a pesar de haberle ganado terreno a mar, y la llegada de nuevos inversores hace que las leyes del suelo hongkonesas sean muy laxas a la hora de proteger el patrimonio arquitectónico, una tendencia que buena parte de la sociedad desea cambiar para proteger lugares como el mercado art decó de Wan Chai Park.

Sudar la camiseta a pie de calle

Pero no hay hotel de lujo que valga sin un paseo por Sheung Wan, repleto de raíces,  hierbas, pescado seco y vendedores que guardan un Gremlin bajo el mostrador;  ni merienda en el Hotel Peninsula que pueda estimular tanto como una cena en el mercado nocturno de Temple Street o en una mesa de banco corridos repleta de cestitos humeantes de Dim Sum, esos bollitos al vapor rellenos de (casi) cualquier cosa. Ni siquiera hay pudor occidental que justifique la ausencia en un wet market, donde lo fresco es lo vivo hasta que uno decide llevárselo a casa. Porque el Honk Kong del aire acondicionado y los espectáculos tecnológicos se basa, se nutre, se inspira en el que viaja en los únicos tranvías de dos pisos del mundo, sudando la gota gorda, que es también el que adivina el futuro lanzando al aire los palillos Chim o el que anima a su caballo favorito en el turf Happy Valley, toda una institución deportiva y social –siguiendo la estela del mauriciano de Port Louis considerado el segundo más antiguo del mundo-   en la que cada año se mueve un billón de dólares.

Frenesí, variedad, emprendedores, números, inversiones y comida, mucha y variada, alimentan un espíritu imperecedero que, como si de un primer motor se tratara, no deja de tirar del carro… Y vivirlo, “contribuirlo”, en carne propia y empapada -por esa densidad asiática tan inolvidable- es una de las improntas que, paradojas de la vida, más profundamente grabadas quedan en el pasaporte existencial a pesar de la rapidez con la que se ejecutan sus huellas.

Mapa de Hong Kong


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