María Luz Morales, pionera del periodismo

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Entre las primeras mujeres periodistas de España, María Luz Morales tiene derecho a una mención especial. No fue sólo la primera mujer directora de un periódico nacional, sino la gran cronista de su época, una articulista incansable a la que la censura sólo le dio alas para adaptar su inteligencia y su vasta formación e increíble capacidad para completar su trabajo periodístico con un variado conjunto de cuentos, adaptaciones y textos enciclopédicos. Aparentemente inagotable, María Luz Morales escribió hasta casi el final de su larga e intensa vida, al final del cual (1980) publicó las semblanzas que ahora se reeditan bajo el título de “Alguien a quien conocí” (Editorial Renacimiento):  un ramillete de perfiles de algunos de los intelectuales que conoció personalmente en la España de los años 30: Marie Curie, Federico García Lorca, André Malraux, Gabriela Mistral, Victor Catalá (pseudónimo de la escritora Caterina Albert), el filósofo Hermann Von Keyserling y Paul Valéry.

María Luz Morales, todoterreno del periodismo

La historia de la mujer en el periodismo suele estar trufada de rebeldía y reivindicación pero no en el caso de María Luz Morales, que encontró en la profesión la mejor manera de satisfacer su intensa curiosidad y de, al mismo tiempo, dar salida a su extraordinaria cultura. Lectora incansable, María Luz Morales se desarrolló como periodista cultural en la Barcelona de los años 30, a caballo siempre entre la redacción y los salones de conferencias, los teatros y los encuentros de intelectuales que hicieron del periodo 1926- 1936 una “década prodigiosa” que “Alguien a quien conocí” de María Luz Morales pone de manifiesto con tanta nitidez como la genialidad de sus protagonistas, hacia quienes Morales dirige siempre el foco de su mirada y de su capacidad analítica, tan buena recopiladora de datos como de miradas, gestos y bromas.

No se la percibe abiertamente enfrentada con su tiempo o con su sociedad, pese a que debió ser una mujer de convicciones independientes, tanto en lo político como en lo personal. El completo e interesante prólogo de Mª Ángeles Cabré contribuye a dibujar un perfil de persona consciente y ecuánime, compleja para los tiempos que llegaron a partir de 1936, que me ha recordado, en varios momentos, al Chaves Nogales que tampoco encontró su sitio en una España polarizada. A la fractura total que supusieron la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial se refiere Morales en varias ocasiones, no tanto por su caso particular sino porque truncó la vida y la obra –artística y científica- de amigos y conocidos, una generación magnífica que vivió un tiempo irrepetible en cuanto a contactos personales, intercambios, movilidad, divulgación e inventiva.

A diferencia del periodista de sevillano, Morales no se exilió: estuvo encarcelada y perdió su carnet de prensa, que recuperó a finales de los años 50. En el ínterin, “entrenada en el arte de la supervivencia”, esta todoterrenodel periodismo español publicó con pseudónimo, asumió la dirección de la Enciclopedia Salvat, fundó Ediciones Surco y realizó una antología poética que en su momento fue un éxito de ventas.  

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Periodismo cultural

La recuperación de las semblanzas de María Luz Morales que ha hecho la Editorial Renacimiento en “Alguien a quien conocí” no es sólo una reivindicación de la mujer en el periodismo sino una llamada de atención a la importancia y el valor del periodismo cultural y de quienes lo ejercen, no sólo porque saben escribir sino, sobre todo, porque saben contextualizar, analizar y explicar, algunos de los grandes valores que el periodismo profesional todavía puede y deber aportar al siglo XXI, incluso en un género tradicionalmente minusvalorado frente a otras vertientes de la profesión. A Morales, por ejemplo, le dejan encargarse de las críticas de cine por “el desinterés que sus colegas varones mostraban por el mismo y también” porque “estaba considerado un entretenimiento popular y carecía de prestigio”. Pero ella hizo de su capa un sayo y con serenidad y constancia no sólo acabó trabajando para la Paramount sino labrándose una reputación que llevó al propio García Lorca a visitarla en su piso, encantado con la crítica que la periodista escribió sobre el estreno de “Doña Rosita la soltera”.

Esa charla a media luz, totalmente imprevista por la propia Morales es una de las semblanzas más emotivas de cuantas se recogen en “Alguien a quien conocí”, aunque hay que reconocer que cada una tiene su encanto, pues se tratan de combinaciones únicas entre la observación talentosa de la redactora y la personalidad exclusiva de cada uno de los intelectuales, a los que fue conociendo en distintos momentos y circunstancias, que, además, ella rememora al final de su vida, pasado todo por el tamiz del tiempo y de la experiencia: explosivo Keyserling, apasionada la chilena Mistral, discreta la Albert y tímida la doble premio Nobel Madame Curie, cuyo perfil se aleja por completo del poso que de ella deja la lectura de “La ridícula idea de no volver a verte”, de Rosa Montero, el libro de la ligereza de la vida.

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María Luz Morales, periodismo y ciudadanía  

María Luz Morales fue una de las primeras grandes periodistas españolas. Pero no recuerdo que se la mencionara cuando cursé la carrera de Periodismo. Como tampoco recuerdo que nadie nos hablara de Josefina Carabias, de Carmen de Burgos o de Joana Biarnés, considerada la primera fotoperiodista española. Por eso, Alguien a quien conocí es también un tirón de orejas a los programas académicos que obvian el papel de estas periodistas, cuyo legado es un patrimonio de una profesión que –pese a sus cuentas pendientes con las mujeres- es una de las tribunas más importantes desde las que señalar cuál debería ser la mejor versión de nuestras sociedades y de nosotros mismos. Por eso, incluirlas de manera natural en los programas académicos no es sólo el saldo de una cuenta pendiente con su apasionado trabajo sino un favor que nos hacemos a nosotros mismos y a las generaciones venideras.

Hay una idea que siempre revolotea en mi cabeza cuando leo textos de personas cultas –por formación y proyección- como es el caso de María Luz Morales, y es la de “ciudadanía”. Necesitamos una ciudadanía fuerte y consciente, y libros como “Alguien a quien conocí” son, además de bellos en su forma, útiles en su fondo como herramientas para la formación de esos ciudadanos.  

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