Matafuegos, tatarabuelos de los bomberos de Madrid

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Antes que bomberos, en Madrid hubo matafuegos, hombres muchas veces voluntarios que participaban en la extinción de incendios, una de las grandes amenazas de una ciudad cuyos edificios estaban construidos, fundamentalmente, de madera. Uno de los incendios de Madrid más importantes fue el que asoló la Plaza Mayor en 1790. La novela “El último matafuegos” (Ediciones La Librería) de Juan Carlos Barragán Sanz se inspira en la lucha épica que los matafuegos, las autoridades y los ciudadanos de Madrid mantuvieron contra las llamas durante varios días.

La Plaza Mayor de Madrid es una de las plazas mayores de España más importantes y, sin duda, una de las que más ha cambiado a lo largo del tiempo. No sólo porque sea el corazón de la capital del país sino porque sus sucesivos diseños han ido adaptando su geografía al compás de los tiempos y relacionando su nombre con el de algunas de las personas más preparadas y poderosas de España y de Europa.

Breve historia de la Plaza Mayor de Madrid

La Plaza Mayor de Madrid fue inicialmente construida sobre la Plaza del Arrabal, un espacio medieval sin delimitar que servía para comerciar y como escenario de las primeras procesiones populares, dos aspectos –el del negocio y el del ocio- que la Plaza Mayor de Madrid no ha perdido desde entonces.

El primer proyecto de la Plaza Mayor de Madrid llevaba la firma de Juan de Herrera pero nunca fue desarrollado. El segundo, de 1619, lo diseñó Juan Gómez de Mora. En 1854 se llevó a cabo una reconstrucción con el sello de Juan de Villanueva, quien no pudo verlo terminado porque “lo que el incendio (de 1790) se llevó en 10 días se tardó en reconstruir 64 años”. Villanueva esuno de los grandes protagonistas del libro “El último matafuegos” porque diseñó muchos edificios en la ciudad, como el Museo del Prado, inicialmente el Gabinete de Historia Natural.

La imagen de la Plaza Mayor de Madrid ha ido cambiando mucho a lo largo del tiempo, incluso en su interior. La exposición “Plaza Mayor, retrato y máscara” que tuvo lugar en el Museo de Madrid con motivo de su IV centenario mostró claramente cómo el interior de la Plaza Mayor de Madrid ha ido adaptándose a las necesidades de los madrileños incluso durante el siglo XX, cuando pasó de ser, por ejemplo, un espacio ajardinado por donde circulaban coches y tranvías a otro abierto y sin plantas, exclusivamente peatonal.

Pero la historia de la Plaza Mayor de Madrid también está marcada a fuego porque entre 1631 y 1790 sufrió tres incendios devastadores. El último de ellos es el que recupera “El último matafuegos”, que no es sólo una novela sobre la Plaza Mayor en sí, sino un homenaje a los matafuegos, precursores, con sus mangas desmontables, sus bombas tiradas por mulas y sus escaleras de mano de los bomberos de Madrid actuales.

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Tres incendios de la Plaza Mayor de Madrid

En 1631 la Plaza Mayor de Madrid sufrió un incendio que acabó con 60 de las 68 casas que había entonces en sus inmediaciones.

El incendio de 1672 de la Plaza Mayor de Madrid se inició en la Casa de la Panadería, uno de los dos edificio más representativos del lugar junto a la Casa de la Carnicería, hoy reconvertido en el primer hotel de la Plaza Mayor de Madrid.

El incendio de 1790 en la Plaza Mayor de Madrid fue también muy importante porque las condiciones climatológicas y la situación de muchos de sus inmuebles y de sus cuevas subterráneas (usadas como almacenes y como fosas sépticas) favorecieron que se convirtiera en lo que los bomberos llaman “fuego autosuficiente”: se retroalimentaba y escapada a todos los medios al alcance de los matafuegos del momento, hasta el punto de que el ejército, las autoridades locales y muchos voluntarios tuvieron que participar en labores más de contención que de extinción, rociando agua con ingeniosas bombas manuales y, sobre todo, desmontando, planta por planta, edificios enteros para que el fuego no siguiera avanzando hacia otras zonas de la ciudad.

El último matafuegos, libro sobre el incendio de la Plaza Mayor de Madrid de 1790

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Los matafuegos

La novela de Juan Carlos Barragán, que forma parte del cuerpo de bomberos de Madrid desde 1988, narra los días que duró la batalla contra el fuego de la Plaza Mayor en el verano de 1790. El libro dibuja con bastante acierto cómo era la Plaza Mayor de Madrid entonces (ya bastante similar a lo que hoy conocemos) pero también narra con detalle la organización administrativa de la ciudad, en la que estaba situada la Corte de Carlos IV, subyugado ante la nube de humo gris que se veía desde kilómetros.

Pero otro de los aspectos más interesantes del libro es el homenaje que rinde a los matafuegos, un cuerpo de bomberos voluntarios de la época que participaban en la extinción de los incendios que se detectaban en la ciudad pero que también tenían sus propios empleos, muchas veces relacionados con la construcción. Es el caso del protagonista de la novela, un joven llamado Juan, quien encarna los mejores sentimientos achacables a los bomberos de Madrid. Gracias a él, el lector de “El último matafuegos” descubrirá el uniforme habitual de esos bomberos primigenios, así como sus limitados pero ingeniosos medios, entre los que destacaban las hachas y las escaleras de mano o la chaqueta de cuero con hebillas diseñada para protegerles del fuego lo más posible. Los dibujos que incluye el libro muestran también el diseño de las bombas de extinción móviles con las que contaban esos primeros bomberos de Madrid, casi siempre tiradas por mulas o burros, que debían ser conectadas a las numerosas fuentes que salpicaban las calles de Madrid y accionadas a mano.

Los matafuegos no estuvieron solos contra el incendio de la Plaza Mayor de Madrid aquel verano de 1790. Barragán Sanz se encarga de ensalzar la colaboración de los madrileños, tanto de la ciudad como de los alrededores, y de la treintena de especialistas en construcción y Arquitectura que colaboraron en el control del incendio. Muchos de ellos lo perdieron todo y otros cuantos se dedicaron al pillaje pero fueron más los que soportaron con bastante resignación la falta de agua en sus barrios, pues había que concentrar la presión en las fuentes próximas a la Plaza Mayor; y también hubo quienes se encargaron de alojar y alimentar a los damnificados.

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Juan de Villanueva, Francisco Sabatini y Juan Jorge Graubner

El enfrentamiento de los matafuegos y las llamas de la Plaza Mayor de Madrid no es el único duelo que anima las páginas de “El último matafuegos”. La coincidencia de dos hombres de fuerte carácter en esa misión también hizo saltar chispas en las salas de la Casa de la Panadería, donde se concentró el equipo de extinción, reforzado por policías y militares. Los arquitectos Juan de Villanueva y Francisco Sabatini coordinaron las labores de contención del incendio pese a los pulsos que se fueron echando y que se desgranan a lo largo del libro. A su alrededor, la treintena de especialistas antes mencionados, parte de la elite de la arquitectura y la ingeniería europeas de la época. Especial mención merecen también los hermanos Lemaur, también referentes de la Historia de la Presa del Gasco y el Canal de Guadarrama.

Menos conocido ahora pero no por ello menos importante entonces fue Juan Jorge Graubner, un ingeniero de origen austriaco afincado en el Madrid del siglo XVIII, que dirigía las bombas de agua de Madrid y que puso lo mejor de sí mismo para sacar el máximo partido a las herramientas con que los matafuegos controlaron el fuego de la Plaza Mayor de Madrid.

A pesar de que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua sí recoge la existencia de la palabra “matafuego” para referirse al “oficial destinado a apagar los incendios”, el término ya no se emplea en el uso común, sustituido por el de “bomberos”, un cuerpo que sí mantiene vivos los valores de aquellos pioneros en la lucha contra los incendios y a quienes merece la pena conocer mejor en el Museo de bomberos de Madrid, muy próximo al Parque del Cerro del Tío Pío y sus Siete Tetas en Vallecas.  

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