Mujeres, socialismo y sexo

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El sexo es vida. Y economía. Ahí tenemos la Teoría de la Alianza, y el valor productor y reproductor de las mujeres como objeto de intercambio, o la más reciente Teoría de la economía sexual, uno de los aspectos que Kristen Ghodsee aborda en “Por qué las mujeres disfrutan más del sexto bajo el socialismo” (Capitán Swing), un ensayo muy interesante y documentado sobre la independencia femenina, los factores que la facilitan y los que la limitan –sexualidad incluida- así como sus repercusiones, a nivel individual y colectivo. Ya lo he leído dos veces y estoy segura de que habrá una tercera, a medida que las sacudidas del terremoto de ideas, propuestas y datos que combina vayan reduciéndose o transformándose en nuevas inquietudes. Y a medida, también, que se vayan desarrollando las elecciones generales previstas para 2020, porque Kristen Ghodsee proyecta el calado que muchas propuestas de corte socialista está teniendo en las generaciones con derecho a voto pero sin el marco de referencia de la Guerra Fría en países tan poco sospechosos de comunismo como Estados Unidos. Por cierto que este año allí se conmemora el centenario del sufragio femenino, a favor de cuya derogación se posicionan los creadores del hashtag #repealthe19th, una de tantas ideas aberrantes e indefendibles que deberíamos desterrar, por superadas, para siempre.

Éste no es un libro de comunistas contra capitalistas. Al contrario; uno de los aspectos más importantes de “Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo” es que nos interpela con un afán conciliador y dialogante. Ghodsee renuncia a defender a ultranza y de manera integral los sistemas del socialismo de Estado pero, eso sí, sin renunciar al propósito inicial de rescatar los aspectos positivos que tuvieron y que todavía podemos adaptar a nuestras vidas, para mejorarlas hoy y mañana.

El cambio constante

“Toda la historia del mundo es una turbulencia constante” dice Ghodsee. Lo que pasa es que ahora se ha acelerado, digo yo, y por eso nos parece que los cambios nos atropellan. Ese vértigo acentúa una sensación de impotencia y de descontrol que favorece el triunfo de los discursos populistas, que son simples y estereotipados. Y la vida puede ser muchas cosas, pero nunca es simple y nunca funciona con estereotipos (otra cosa es que no queramos reconocerlo o que, incluso, nos lo neguemos a nosotros mismos). Las reflexiones de Ghodsee sobre las distintas consideraciones que las políticas socialistas han tenido en Europa y en Estados Unidos y la evolución de las percepciones que las mujeres del “bloque oriental” han manifestado en diferentes estudios (muy interesantes las 5 narrativas básicas de las relaciones) vertebran, aunque a veces con cierto sesgo nostálgico, la propuesta revisionista de “Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo”. Seguramente muchas de las ideas analizadas nos sorprenderán, sobre todo porque no son objeto de debate en nuestro país, dado que cada uno tiene su propia colección de monstruos, pero no por ello debemos negarlas o ignorarlas. Como la autora, sigo pensando que tenemos que “abrir las mentes a perspectivas opuestas a las nuestras”. Sólo así podremos aprender más y mejor, adaptarnos a los cambios constantes de nuestra sociedad, y del mundo en general, y trabajar de forma activa para que las tradiciones y los marcos de referencia culturales se adapten a nuestras necesidades y no sean un corsé asfixiante para nosotros mismos y para los demás.

Un motor de dos marchas

El mundo avanza porque hay confrontación de tendencias. Sólo así vamos mejorando los sistemas de los que nos dotamos. Sistemas en los que, “lo natural a veces no es más que el producto de una organización concreta de la sociedad”, es decir, que se puede cambiar si no nos gusta o no nos hace bien. Pero para darnos cuenta de que no nos conviene y para encontrar la manera de adaptarlo a las nuevas necesidades, requerimos de una contrapropuesta, de una alternativa, que suele estar en la parte que ejerce el contrapeso. Y si una de las partes desaparece y el discurso de la otra campa a sus anchas, necesariamente acaba extralimitándose y pervirtiéndose. El recordatorio (o el descubrimiento, para muchos y en muchos casos) que Ghodsee hace sobre las sociedades socialistas conlleva una reflexión sobre la nuestra, por reflejo. Ella se centra especialmente en la estadounidense pero mucho de lo que narra nos resulta familiar porque el neoliberalismo ha unificado muchos aspectos vitales, especialmente en el caso de las mujeres. El año pasado, The Economist publicaba un análisis sobre la crisis del conservadurismo, y uno de los argumentos que esgrimía era la pérdida de debate con el progresismo y la necesidad de su coexistencia para evitar la muerte de ambos, uno por aniquilación y el otro por exceso.

El sexo, una buena excusa

¿Y qué tiene que ver en todo esto el sexo y con las mujeres? Mucho. Todo. Porque a partir de algunas tesis, entre ellas la muy cuestionable, por etnocéntrica, misógina y reduccionista, Teoría de la economía sexual, Ghodsee desarrolla un interesante discurso sobre los factores que influyen en la independencia femenina, sobre aquellos que dependen de ella y de cómo, en definitiva, todos repercuten en la esfera pública. Porque el sexo, y que esto no nos haga disfrutarlo menos, está ligado con la educación, con la sanidad y con el resto de políticas sociales; por extensión lo está también con todas las medidas de gestión global de un estado, con la consideración del individuo y del grupo, con el valor moral de cada generación, con la inclusión social de la mujer en las distintas esferas de su comunidad, con los roles de género, con las manifestaciones culturales, etc. Leamos a Kristen Ghodsee, consultemos la bibliografía que cita y debatamos al respecto, tratando de dejar a un lado los clichés de “buenos” y “malos” que tan mal encajan con nuestra compleja realidad humana.

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