Luces y sombras de la Ilustración

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Gonzalo Pontón derriba mitos sobre el siglo XVIII y el movimiento ilustrado para descubrir las bases que han generado una sociedad occidental desigual y que prima la riqueza de unos pocos sobre el resto.

Contenido realizado por la Redacción de revista80dias.es.

Las disparidades económicas y educativas de la sociedad occidental hunden sus raíces en el siglo XVIII. Esta es la principal tesis de La lucha por la desigualdad, de Gonzalo Pontón (Editorial Pasado y Presente, 2017), libro con el que el antaño editor da un repaso al “siglo de las luces” para demostrar, con datos descarnados, que la denominada Ilustración no es el cuento con final feliz, y del que todos nos beneficiamos, que nos han contado los pésimos libros de Historia que inundan las escuelas.

Entre el siglo XVII y el siglo XVIII se produce la denominada Revolución Industrial gracias a la invención de la máquina de vapor. Hasta ese momento, la riqueza de los poderosos (nobleza e Iglesia), se había fundamentado en la posesión de tierras. La explotación del campo daba a sus nobles propietarios los alimentos con los que comerciar, proporcionaba el sustento del ganado con cuya carne (o productos derivados, como leche y lana) hacer negocio y facilitaba al Rey pingües ingresos a través de los diferentes impuestos. En el origen de toda esta cadena de valor se hallaba el campesino pobre, quien trabajaba esta tierra, en condiciones de explotación, para los propietarios.

La Revolución Industrial modificó este paradigma. Por un lado, la mecanización del trabajo, como la confección de tejidos, permitió a los inversores emplear mano de obra ociosa: niños y mujeres, cuyas tareas en el campo estaban muy limitadas. Por otra parte surge esta nueva figura del burgués, personas que no tenían raíces en la nobleza, pero que comienzan a acumular grandes capitales como producto de esta explotación industrial. Pontón relata cómo la aparición de esta burguesía es la que conduce a las principales “revoluciones” que se producen entre el siglo XVIII y el XIX, empezando por la independencia de la colonias británicas en América del Norte, que originaría los Estados Unidos, hasta la Revolución Francesa de 1789.



Contra la industrialización

La visión de Pontón, quien fue editor en Crítica y fundador de la editorial Pasado y Presente, se sirve del materialismo histórico para fundar sus argumentos, apoyados por datos y por la propia evolución de los hechos que nos han llevado a la actualidad. Ello da lugar a conclusiones demoledoras.

Una de ellas es que los procesos revolucionarios van precedidos de periodos de desórdenes en los que el pueblo llano se rebelaba contra situaciones concretas, pero Gonzalo Pontón explica que estas rebeliones se producían por la desorientación que la industrialización producía en los trabajadores. No es que el ciudadano común se quejase en el siglo XVIII de sus condiciones laborales, lo que le preocupaba era la progresiva desaparición de un orden económico, el del campo, que les explotaba, pero les proporcionaba un salario exiguo y cierta estabilidad.

La industrialización y mecanización trajo el paro, los primeros desplazamientos del campo a las ciudades y los problemas de salud que ello conllevó. Las quejas, las manifestaciones, las quemas de máquinas por los “ludistas”, sólo pretendían luchar contra la nueva economía y aspiraba a retornar a la del Antiguo Régimen.

Luces y lumbreras

Además, Gonzalo Pontón no deja títere con cabeza entre los creadores de la cultura y las ideas de la Ilustración. Voltaire, Rousseau, Hobbes, Diderot, Kant… Todos pasan bajo el microscopio de Pontón para, como explica el autor, situarlos en su propia época y realizar una relectura de sus obras. Este es otro de los puntos positivos del libro, ya que el autor ha leído los principales escritos de todos los “ilustrados”, es decir, no ha citado ideas o manuales de historiadores sobre los personajes, sino que ha acudido a la fuente primigenia para poder realizar sus valoraciones.

La Enciclopedia, ese supuesto producto cultural de la razón, sólo fue un artículo comercial más con el que los editores aprovecharon la mecanización de la imprenta para vender grandes volúmenes y hacerse ricos. La comercialización de los ejemplares, por supuesto, no se produjo a las clases populares, que no sabían leer y tendrían que haber renunciado a meses de comida y techo para poder comprarla, sino a los nuevos burgueses y nobles que empezaban a sentir apetito por la formación intelectual. Este es otro episodio del supuesto “siglo de las luces” sobre el que Pontón arroja claridad: el de la educación de las élites y el mantenimiento en la ignorancia de la gente común. Muchos de los ilustrados fueron defensores, hasta su muerte, de la desigualdad de educación entre clases, así como del trato económico diferente que había que darles.

Profundidad en los monarcas

Quizá el aspecto más criticable del libro de Pontón, aunque entendemos que no es el objetivo primordial del mismo, es el trato que da a algunos monarcas en la obra. Fueron los elementos de cierre del sistema, a caballo entre la idiosincrasia del Antiguo Régimen y los nuevos modelos de la economía capitalista y financiera que nace en el siglo XVIII, y habrían merecido un análisis con mayor profundidad.

Por ejemplo, es el caso de Carlos III, con la reciente celebración del tricentenario de su nacimiento para mayor mitificación de su figura. En España se ha pintado a este rey como la figura paradigmática del “despotismo ilustrado”, pero Pontón hace una semblanza del mismo más ajustada a lo que la Historia nos ha relatado sobre la dinastía borbónica: meapilas, dedicado a la caza y con poco interés por la cultura y el bienestar del pueblo. Sin decir que esto no sea así, porque Carlos III fue hijo de su tiempo y de su posición social, hay otra realidad histórica que no se menciona en la obra, o se hace de pasada, cual es la del patrocinio, bajo su reinado, del arte y las ciencias, que en el momento histórico del siglo XVIII sufrieron un empujón y adelanto considerable.

Esta parcialidad a la hora de retratar al rey español nos lleva a proyectar las mismas sombras de duda sobre los retratos que se realizan del resto de monarcas, como Catalina de Rusia.

Pero volviendo a los puntos positivos del libro, que lo erigen en una referencia para comprender un periodo histórico mitificado, Gonzalo Pontón hace una labor de síntesis muy valiosa para entender todo el contexto europeo. Reino Unido, Francia, Italia, los Países Bajos, el Imperio Austro Húngaro y Rusia son los países que el historiador analiza en su obra. Esto permite tener una perspectiva amplia de cómo evolucionó el proceso ilustrado por toda Europa y de cómo se pusieron las bases y los pilares de los mecanismos de desigualdad social que han llegado a nuestros días.

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